Le gustaba girar la peonza

Le gustaba girar la peonza,
bailarina con tutú de madera,
rotaba armónica sobre un pie
y frenaba en seco.
Mientras daba vueltas,
imbuido por la belleza
de su danza,
sus ojos perdidos en algún sueño
brillaban como los de un niño.
Con movimiento preciso
de pulgar e índice
la ponía a bailar,
artífice de la creación
del cosmos.
Finalizada la obra,
como la muerte del cisne,
caía con la cabeza postrada
sobre el suelo.
Quedan aún sus huellas
en la peonza
resistiéndose al olvido.

Sentir aquella pura esencia

Sentir aquella pura esencia,
único perfil de un remoto rostro,
el que persiste al gesto sin muecas
frente a la balanza del tiempo
que reparte en sus platos
de oscurecido ocre
pesas de arena húmeda
y fuego sublime.

 

Diluida en la brisa del mar

Diluida en la brisa del mar
se perdió la belleza
de esta mentira.
Fueron alimento de gaviotas
las flores secas de los sueños.
Se doró el cuerpo bajo soles
sin prever las quemaduras
del tiempo indolente.
La arena cálida acariciaba
un presente olvidado
y del hoy las olas no extraen
la sensual melodía,
sino el ronco rugir
del salvaje oleaje de los miedos.
Las pisadas sobre la arena mojada,
las borró la espuma de la orilla,
arrasó su lengua el refugio
del recuerdo inocente.
El mar bebió las lágrimas
de la soledad infinita,
hundió el sollozo en sus aguas,
que, llevado por la corriente,
se juntó en salado remolino
con todo el dolor del mundo.

De esta vía parte un tren

De esta vía parte un tren
de juguete
sobre un mundo de maqueta.
Llevará su carga repartida
en distintos vagones
según peso y características,
quizá por simple gusto,
estética y colorido,
incluso, al capricho del azar.
A la señal del jefe de estación
el maquinista emprenderá el viaje
y estas pasajeras con la nariz pegada
a la ventanilla
irán descubriendo nuevos paisajes,
hermosos paisajes,
lejanos paisajes,
asépticos paisajes,
eternos paisajes,
de calendario.

Esa cosa llamada felicidad

Esa cosa llamada felicidad
es hilo frágil,
finos rayos de sol
que hacen galaxia de polvo,
minúsculas partículas
y seres microscópicos,
en la oscuridad.
Felicidad, cantos de sirenas
que atraen al navegante
hacia el abismo del océano.
Papel de seda que se desgarra
al leve roce.

Deshace la gota
la palabra alegría.
Gozo efímero, nube sobre
nuestras cabezas,
densidad falsa que escapa
al ser atrapada.

Bruma dispersa por un ardiente sol
que muestra al amanecer
la fealdad de un mundo,
el dolor constante de la tierra pariendo.

Vida y muerte,
melodías y alaridos
alegría y sollozos,
falso todo, nada
es constante ni verdadero.

¿Quién puede retener ese tesoro?
¿Cuánto tiempo poder disfrutarlo
entre las manos?
Sus brillantes destellos
nos deslumbran
mas sólo es un truco
de magia.
Ese cofre está vacío.

Al fin ligera pluma

Al fin ligera pluma
surcando los espacios
de un bello territorio.
Al fin alejada del sol
calentada al hogar.

Caen los días precipitados
al vacío del ayer,
dejan su rastro de sangre
sobre la acera.
Vendrán los transeúntes
a borrar con sus pisadas
la mancha oscura,
la olvidada huella
de su suicidio.
Sólo el cabizbajo paseante
intuirá el rastro de un pasado,
desviarán sus pies ese recuerdo
con cierto respeto o temor.

Aquellos, desmemoriados,
los ojos ocupados en el horizonte,
caminarán las renovadas calles
con el presente de un mismo sol
el único testigo de la tragedia.
Otros, ociosos, mirarán
con deseo los bellos escaparates,
soñarán que la vida es etérea materia,
olvidarán la corporalidad que muere.

Reivindico la dignidad


sobre la camilla,

no ser cuerpo objetivado,

dividida materia formada

de piel, huesos y vísceras

cabeza, tronco y extremidades.

No acepto el cuidado

sin aprecio al pudor,

ni admito el lenguaje obtuso,

la charla sobre ti

sin esperar respuesta.

No soy un oyente ausente,

dejad vuestros chascarrillos

para la hora del café.

No actuéis como si yo

no estuviera presente.

 

No soporto los ruidos infernales

de los múltiples aparatos,

el aséptico instrumental sádico.

El íntimo sístole y diástole

de mi corazón asustado.

El miedo, la vergüenza,

el cuerpo expuesto

a miradas de extraños.

 

Eres un diagnóstico,

un cúmulo de síntomas,

una piltrafa

bajo un potente foco,

desnudo, helado,

tapado a medias por una sábana,

sin poder cubrirte hasta la cabeza

con una manta.

y gritarles a todos: ¡fuera!

Este que yace bajo vuestras

manos

soy yo, una persona,

un ser que piensa y siente

una identidad compleja.

 

La vergüenza, el miedo

la vulnerabilidad

frente a unos ojos que escudriñan

tus más íntimos recovecos,

frágil, desvalido.

El dolor te hace bestia.

 

Devolvedme la salud

sin convertirme en indefenso ser

a expensas del frío metal

de monstruosos artefactos,

lejos de los seres queridos,

rodeado de gente

que va y viene.

Una palabra amable,

una pregunta personal.

No soy un infante, un ser débil.

ni un sujeto de estudio,

no soy, ¡estoy! enfermo.

 

Me llamo tal,

tengo tantos años,

vivo en tal calle de un lugar

en el mapa,

este es mi número de teléfono,

no bebo ni fumo.

Pero soy mucho más que todo eso,

tengo lleno el cajón de la memoria

una vida de sufrimientos y gozo

como cualquiera.

 

Agradezco vuestra cura,

vuestra labor encomiable,

pero yo no soy un historial médico,

soy un ser humano.

El cúmulo de la narrativa

de una existencia

cubre mi cuerpo desnudo.

 

Le dijo el agua al pozo

Si tú me enseñaste a esto

¿de qué te extrañas ahora?

––le dijo el agua al pozo.

Luces un blanco brocal

y descansa en tu asiento

un cubo viejo de zinc,

amigo que nos junta

de vez en cuando.

Tú te recreas en la vida

yo me ahogo en tu fondo.

Aquí hundida me tienes

mientras tú al cielo te asomas.

Espero las lluvias de abril

después de este frío invierno.

 

¿Cómo te va por ahí arriba?

¿Cuéntame, hay viento, sol,

es de día o noche cerrada?

¿Hay dulces y blancas nubes

sobre un cielo añil

o amenaza tormenta el horizonte?

¿Están sobre el ébano las esquirlas

de las estrellas de plata?

¿Has visto coquetear a la luna,

enseñar poco a poco

su curvo perfil

tras el biombo de las tinieblas

hasta completa mostrarse

en su redonda desnudez?

 

Desde aquí nada veo,

todo es oscuridad.

Alguna vez su blancura

me inundó,

¡fue tan fugaz su brillo!

Hasta mi eco me cansa

y callo y lloro en silencio.

 

Ve, y diles a los pájaros

que entonen sus trinos

en tu encalada valla

o vengan a arrullarse las palomas

sobre tu diadema de hierro,

y paseando sus sombras graciosas

reflejadas en mi piel

me despierten de este morir.

 

Ansiosa deseo oír el riel de tu polea,

sentir en la espera agónica

el roce de tu grueso cordel

que me dejará trémula.

Qué gran soledad

hay en tus entrañas

mientras te lavas la carita

con mis llantos.

 

Ay, mi carcelero,

echa el cubo

y hablemos un ratito siquiera,

que si me he vuelto

amarga o salada,

no será mi culpa,

ni de mis lágrimas

sino por la falta de tu cuidado.

 

Recordarán las calles de mi infancia

 

¿Recordarán las calles de mi infancia

mis huellas?

¿Estarán borradas por extrañas pisadas?

 

Aún los escalones seguirán siendo

fríos asientos,

dos,

doce,

siete, siete,

siete, siete,

hasta el cuarto piso.

El patio, el ojo de las escaleras,

la mirada furtiva,

las voces cotidianas,

las caídas y tropezones,

las señales y guías de sangre

de la piedra que hizo herida

hasta el refugio de su hogar.

 

El silencio,

y subir a oscuras

con la luz tenue encendida

en la puerta de tu casa.

Somos olvido de lo que fuimos

Somos olvido de lo que fuimos,
sólo la muerte nos devolverá
la memoria.
Y entremedio,
el desvarío de la vida.

Amada amiga la paciencia

Amada amiga la paciencia,
desatas los lazos
de la espera agónica.
¡Bien sabes tú quién manda!
El reloj impone las horas
a la distancia breve
que llega a ser
inmenso páramo.
Vuelca los granos de arena
a la urna opuesta
cuando leva el ancla invisible
que la sostiene.

Odiosa impaciencia, enemiga
del alma,
agitas su calmado océano.
Inflamada soberbia
que pisa un pie de gigante.
En el infinito no hay huellas,
desierto borrado de ayeres.
El hoy se escribe con lentos
pasos,
freno que no alcanza futuro.

¡Calma, anhelo!
Que quién abriga
tu frágil sustancia
es el deseo del cosmos.

Una vez tuve un sueño

Una vez tuve un sueño,
empezó a caminar y se cayó,
espera hoy en una silla.
Otra vez tuve un sueño,
sucedió lo mismo,
lo guardo en un cajón.
Nació en mí una ilusión sana
con ojos vivos
y tierna piel.
Tomó su primer aliento
roto en un estallido de llanto.
Duerme plácido en una
cuna de cristal,
bella durmiente que espera
su beso de amor.

Renuncia al prójimo como a ti mismo

Renuncia al prójimo como a ti mismo,
vacía de sentido este mundo,
quita todo valor a las vanas cosas,
aniquila el vínculo.
Mira la desnudez de nuestra esencia,
destruye el ego,
alimenta el afecto hacia todo
sin discriminar bueno de malo.
Entrégate al impulso cósmico,
vive conforme a lo que tienes,
a lo que pierdes,
no hay más ganancia
que la calma del espíritu,
ni mayor saber que hacer desprecio
de dones prestados,
de fútiles posesiones.
Ofrécete a su voluntad sumisa.
Haz aborrecimiento
de toda gloria terrenal,
de anhelos y estimación
propia ni ajena.
Guarda el alma los peores instintos
y la razón un equivocado orgullo.
Es una presunción vanidosa
creer tener el control
de tus pasos,
soñar con vislumbrar
la acertada figura
sin fisuras y clara línea.
No vistas tu sustancia
de una fortaleza ficticia,
la vanidad nos dibuja perfectos
dueños de un edificio
levantado a puño y letra,
cuando solo somos
pisadas sobre huellas
frágil semilla volátil,
tendente a mezclarse
con polvo y légamo.
Mira el verdadero rostro
de los pensamientos,
estructuras fabricadas
con piezas imperfectas.
Ve hacia la nada,
contagiado,
penetrado,
por su blanca luz.

No te busques, no vayas
a tu encuentro,
tu ser ya existía.