Llevamos el ay pegado a nuestros labios
y el suspiro del alivio brota en la boca
cuando el peligro pasa de largo.
Ayes que a pesar de no tener consuelo,
dejan escapar una oración entre los dientes
a un Dios desconocido, dueño de este misterio,
del que esperamos compasión.
A Él nos dirigimos sin fe,
rogamos un remoto auxilio
antes de caer sobre nuestros cuerpos
la desesperación.
¿Qué brazos calmarán el dolor
con el que fuimos forjados?
Ojalá la verdad mostrada no duela,
que al menos, nos otorgue la paz
con la muerte.
Llevamos el ay pegado a nuestros labios
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario