Fijé en la memoria
un prado verde
y, al fondo, sublimes montañas
con nieve en las cumbres.
Era un prado en primavera,
luminoso, donde vertía
sus aguas un dócil arroyo,
líquido puro de las nieves
derretidas.
Sobre una dulcificada colina
brotaban millares de flores silvestres,
de colores imposibles
y arriba, solitaria,
centro de aquel universo,
el refugio de una cabaña de madera.
Aquel era mi territorio
de libertad,
allí buscaba mi mirada
alcanzar aquel sueño.
Podía sentir sus fragancias,
el roce de la hierba húmeda,
la vida surgiendo
en la luz blanca de la mañana.
Anticipaba mi recreo
la felicidad que prometía.
Me veía rodar por la colina
sobre su suave ladera,
como un animalillo salvaje
que juega en soledad
en su hermoso paraíso.
Tendida sobre el campo,
yo extendía mis frágiles brazos
alcanzando todo el espacio
del cielo.
¿En qué vertedero
fueron a parar aquellos
paisajes de un calendario?
No sólo adornaban la pared,
era mi reducido oasis.
El espacio de felicidad
entre los colchones
de una cama litera.
El tiempo confunde los trazos
de unas imágenes,
lo imaginado y lo creado
con el recuerdo,
espacios por donde se distraía
la esperanza,
trampa de la que se alimenta
la ilusión.
No sea soberbia la realidad
con creerse la dueña
de nuestro destino.
Qué sería de la vida
sin soñar otros mundos.
Dar la medida justa al sueño
sin echarle de comer demasiado
a la esperanza para no padecer
su empacho.
Tiene la espera un amable rostro
caprichos y vicios,
artimañas sutiles
y una gula insaciable.
No creamos sus ilusiones,
la mentira que esconden
los ágiles dedos de prestidigitador.
Confunden con artimañas
y nos atrapa con encantos
en la falsa magia de su chistera.
Paisaje de calendario
Navegamos o nos navegan
Navegamos o nos navegan
los minutos de algunos días,
ausentes, casi nulos,
para identificar la emoción,
y el pensar que nos dejan
las cosas que transcurren.
Vemos y escuchamos porque el cuerpo
responde a esos estímulos
pero falta el riego del agua
de la razón que los interpreten.
Permanecemos como estatuas
indolentes, firmes, sin descomponer
su materia y su forma.
A saltos van los minutos
sin el pegamento de las palabras,
dejan sobre esa tierra estéril
la única semilla que existe
en el espíritu.
Como leve brisa que roza
nuestras mejillas, la sentimos
y nos unen a la vida,
mas ahora no crece por falta de luz,
quizá germinará mañana.
Cuando el dolor de la idea
nos absorbe
todo nuestro ser se convierte
en esponja.
Luego, más tarde,
cuando se asimile su alimento,
nos nutrirá.
Quizá entonces, deshagan
esos huesos pétreos
y se conviertan en polvo de mármol
para el recuerdo
de aquellos huidizos instantes.
Que venga la lluvia
Que venga la lluvia
a limpiar las calles.
Que venga la lluvia
a empapar la tierra.
Que venga la lluvia
a mojar las ropas
en las azoteas,
devuelva al aire
su transparencia
y, al barrer el viento
las nubes,
regrese un sol más cálido
de otoño.
Que venga la lluvia,
que estallen los campos
con su intenso verdor.
Que venga la lluvia
y deje las playas desiertas,
y sin gritos de gente, nos acurruque
el ronco eco de su nana.
Que solo nos quede el arrullo
del rodar de las olas
y, al romper en la orilla,
hagan pompas de espuma
sobre guijarros y conchas de nácar.
Que venga la lluvia
y en la arena contemos
las pisadas
de pasos solitarios.
Volverán a comer las gaviotas
los peces que arrastren
las redes de los barcos
y no del estercolero de la tierra.
El bullir de sus graznidos
nos traerá el añorado recuerdo
del sosiego de un septiembre.
Que vuelva la lluvia,
el frío en el rostro,
las tardes húmedas
del próximo invierno,
donde hojas trémulas
viertan los besos de sus gotas
sobre los charcos,
bautice la vida
con su caudal fecundo.
Que vuelva la paz
a rondar los hogares
y deje oír el silencio
de la voz sin palabras
de la sangre que nos corre
por las vísceras
y no el gruñir salvaje
de animales en celo.
Cuando en distraído recogimiento
el mundo exterior se anula
y divaga nuestra imaginación
inusitados espacios,
es un vivir tan similar a los sueños
como los hechos reales,
auténtico discurrir por el tiempo,
más que vivido, vívido,
con una intensidad sobresaliente.
No es sólo la realidad
dueña absoluta de las vivencias,
a veces, por el contrario,
tienen menos valor
que los propios actos,
aquellos que, sin atención
ni consciente entrega,
realizamos de modo automatizado,
sin reflexión ni análisis,
también, sin la libertad
para su abandono.
Tienen menos de real,
menos auténticos y necesarios
que un alerta paseo por los
vericuetos de nuestra mente
con pasos firmes hacia la aventura:
el hallazgo de otros universos
más allá de las constreñidas
razones,
dedos etéreos que rocen
y alcancen lo intangible.
Son estas huellas
Son estas huellas
sobre tus dedos recorrido
de un tiempo.
Algunas sendas se trazaron
antes de tu nacer,
forjadas en el vientre
maternal y cósmico.
En otras cavaron surcos
el viento y las lluvias
de los años.
Construían celosías
donde trazaron marañas
de enredaderas los secretos
que ningún quiromante
logrará descifrar.
Hay momentos
Hay momentos donde las cosas
asumidas, aquellas que,
con natural rutina se soportan,
realizadas con la vanidad
de una certeza
y la soberbia que dirige los actos
de los sabios, reyes y dioses.
Hay segundos en que los pasos
seguros pisan el vacío,
caen por un precipicio sin fondo.
Entonces, nada tiene sentido
o vemos el sinsentido
de nuestras razones.
De dónde nos viene la convicción
para creer que dominamos
el horizonte,
que tenemos el control
de la distancia abismal
de los instantes,
de la insondable selva de nuestra vida.
De qué se alimenta este engaño
que no recuerda su fatal destino.
Es tal vez este lelo divagar
por diversiones,
ocupados con sesudos asuntos
en tareas repetidas,
obligados por nosotros mismos
a imitar los gestos del otro
como autómatas que siguen
la imagen en el espejo.
Encadenados a nuestra cotidianidad,
ajenos a la voz que nos susurra
al oído,
miramos hacia la hierba,
seguimos el movimiento
del perro guía,
creemos que perderse
es caer en las fauces del lobo,
pero pastar sumisos
será la lenta agonía hasta la matanza.
Desengáñate, ser viviente,
eres muerte para la vida.
Esa voz la ignoramos
hasta que nos grita un día a la cara
y aun así nos sorprendemos
extrañados de que sea a nosotros.
Quedamos incrédulos
ante lo que nos pasa.
Negamos la evidencia
con feroz rebeldía, sumisión
o locura.
Estamos así acostumbrados
a creernos nuestras mentiras.
Hechos para la ignorancia
llegamos a la insensatez.
El dolor del frontal impacto
nos aturde y quedamos
sin saber responder.
Olvidadas las emociones
qué fácil se dibujan
cuando fluyen sin fuertes
corrientes
y siguen el curso de su cauce.
Cuando su río desciende
un desnivel brusco,
caemos como bravas cataratas,
en la fuerza de su torbellino,
sus aguas se descomponen
entre una densa bruma
de confusión y estruendo.
Al igual que una fuerte explosión
es lanzada a las alturas
la masa que componía
la armonía de nuestro devenir
y, al caer los pedruscos
desde el cielo,
buscamos el amparo
bajo alguna techumbre
que aún se mantenga firme.
Un trozo de pared donde apoyarnos,
una mano que nos sostenga.
Y después del drama,
con el tiempo necesario,
si nos hemos librado de esta,
continuaremos el mismo sendero
fabricado de absurdos sueños
un paisaje al apaño
con los escasos víveres
de esta existencia.
Quizá nos dejemos vencer,
hagamos en el camino un descanso
para ver pasar a los demás
peregrinos.
Buscamos el refugio de una sombra
y esperar allí el final
de este incomprensible espectáculo.
Gira en círculos el perro atado
hierve en el aire
un fuego castigador,
aburrida monotonía,
trinos de gorriones,
silencio de un cielo.
Divaga su hocico
olfateando un mismo territorio,
iluso, camina la tierra
de su triste destino.
Qué fracasada aventura
emprenderá el reo de esta soga
que sólo alcanza la distancia
impuesta por su carcelero.
El día se mueve por espasmos
de dolor y alegría,
una esperanza insufrible,
una decepción llevadera.
Sus secuencias suceden
por el encanto de un capricho
y el cuerpo, objeto
de su trastorno,
va y viene entre actos
en un escenario indefinido.
Vuelos de un sentir inocente
ajeno al absurdo,
al viento feroz que esconde
la suave brisa.
Fisonomía del instante
para la que no hallo el concepto
exacto.
Podría cargarla de experiencia
con todos sus posibles adjetivos,
pero nunca
lograría con certeza expresar,
pues solo vería la huella
que ahora deja en mi alma.
Durará un leve instante,
quedará la vaga sensación,
en la memoria
con los errores de cálculo.
Si pretendo comunicarla
a otro semejante
buscaría los mismos elementos
compartidos,
con lo que de la misma forma
destruiría su materia.
No es esto lo que deseo,
no espero ningún atento oído.
Qué osadía pretender
emocionar del mismo modo
al ajeno, aunque seamos
ojos que se miran a través
del mismo espejo.
Tal vez sea así para el arte
que va de lo concreto
a lo universal,
donde los seres creen entenderse
como iguales.
Yo disecciono la emoción
como un cirujano,
la examino
a la vez que despejo
los obstáculos
con el frío instrumental
de las palabras.
Poco a poco, ese cuerpo cerrado
que ocultaba el desafío
deja sus vísceras abiertas
para quizá lograr el fiel diagnóstico.
Hurgo entre sus órganos,
indago las señales
de su laberinto confuso,
rastreo la senda
hasta llegar al meollo.
Y aquella emoción huidiza,
cubierta por tejidos sangrientos,
deja a la vista la causa de su malestar
que se manifestaba con inespecíficos síntomas.
Se muestra ante la atenta mirada
en claro y nítido sentimiento.
No fue mérito de las herramientas
que se emplearon,
ni cualidad profesional,
tampoco de un sabio conocimiento.
Nada de esto ayudó
a esclarecer la duda,
la oscuridad que lo envolvía,
sino una suerte de casualidades,
un magnetismo mágico
deshizo el nudo.
Sin camuflaje, desnuda,
como un recién nacido,
tiré de ella con trémulas manos.
Su cálido corazón
palpitaba sobre mi pecho,
quedé admirada de tan hermoso prodigio.
Ante esa frágil sustancia
se reconoce la verdad
más allá de lo que fuera
imaginado.
La nomenclatura
de unos datos y fórmulas
es tal vez ayuda para quienes
trabajan con los repetidos supuestos,
recurren a los espacios reconocibles,
buscan en los archivos,
ordenadamente dispuestos
para ser consultados,
la respuesta aprendida,
no la revelación inesperada.
Sin embargo, se debe dejar
su trayectoria al albedrío,
poner torpes pies
para sus firmes pasos,
acortar la mayor distancia.
Se me revela su misterio
y se me escapa.
La fugaz presencia compensa
para intentar hacer su retrato.
Cuando de su esencia etérea
se retira el velo,
sale de la membrana que la protege,
expande un fulgor que ciega
y, a tientas, con vergüenza,
recorremos su figura
brumosa claridad que nos baña.
Pronto escapará de nuestros dedos,
seguirá errante a través del aire.
¿En qué siguiente rama se apoyará,
sobre qué brazos se echará un sueño,
en qué rincón de abandono
girará su belleza entre restos de basura?
Mientras la tuve en mi regazo
le canté una nana
con la melodía que brotaba
de una fuente oculta.
Cuando llegue el olvido
guardarán mis labios
el dulce sabor de su beso.
Es el dolor el duelo por un sueño.
Aquel lugar que fue transitado
es hoy abandono,
igual que aquellos paisajes
sobre papel fotográfico
que fueron su refugio.
Allí jugaba la esperanza
por aquel hermoso prado
de intenso verde
y profundo azul
de un claro cielo,
por la colina sembrada
por un arcoíris de flores.
Tan real como fingido,
válido para un sueño.
Habitada cabaña por extraños,
sobre una primavera eterna
o un invierno de nieves perpetuas
jamás derretida por un verano
de luminoso sol
y saladas aguas de un océano,
mientras, al lado, caían sin caer
un otoño sobre un bosque ocre.
Desaparecieron aquellos paisajes
del calendario
del tiempo implacable .
Mordieron sus hojas
los lepismas de la vida
y así se fueron entre intensos colores
la belleza plasmada.
El hogar que mantuvo la fe
hoy son cenizas frías
donde ninguna llama calienta,
sólo hay hollín de ilusiones,
el desfigurado cadáver
de aquel sueño.
Ese viejo eucalipto
Pienso si entre las ramas
de ese viejo eucalipto
quedaron enredadas las ondas
de tu voz,
el cacareo de las gallinas
bajo su sombra,
el rebuzno del asno
que te llevaba al pueblo
de día para volver antes de caer la noche.
Pienso en tu cuerpo menudo,
la piel morena curtida
por los pocos soles
de tu infancia.
Te recuerdo en aquella fotografía
medio rota, donde palidecieron
los colores blanco y negro.
Tu rostro serio de niño
sentado en el suelo con los pies
cruzados
y las rodillas abiertas,
de pie las mujeres de la casa,
las hijas y la madre enlutada.
En el fondo de aquella opacidad,
tu mirada de ojos negros profundos
donde resaltaban tus miedos.
Después de tantos otoños
sus ramas soportan
en su ancha copa
prolíficas generaciones
de chicharras.
Fueron en su clamor
tu descanso a la hora de la siesta.
El sombrero de paja sobre la cara
para espantar las moscas
que buscaban en el calor
sofocante
beber del fino riachuelo
de tu plácida baba.
Soñar y vivir luego
las obligadas tareas.
Huir de la riña paterna y
el castigo de la vara,
acurrucarte en la noche
entre mantas recias
con tu gato Cotoneso
sin que te viera tu madre.
Niño de madre añosa,
amamantado por otra mujer,
criado por la mayor de sus hermanas.
Pobre niño que jugaba
con terrones de tierra
y caballos de cartón
al trote entre las lindes.
La crueldad en las travesuras,
persiguiendo gatos,
atándoles a la cola
algún palo o piedra,
tirachinas contra los pájaros.
El terror al descubrir
un camaleón
entre las espigas verdes,
sobre las hojas de las mazorcas,
en las agujas de un pino,
camuflado en la densas retamas
y ásperas lanzas de un cañaveral.
En tu memoria guardabas
la angustia de aquel suceso,
la impotencia ante el drama
del niño ahogado en el pozo.
El reclamo de auxilio en su agonía
hasta llegar el silencio a su boca.
Corrieron todos lanzando gritos
entre los cultivos,
la llamada desesperada
y tardía, la temprana muerte
sobre un pequeño ataúd.
Hombres que se hicieron pronto viejos,
colonos del señorito.
Hoy colonizada fue la tierra
para el poder de las armas.
Fue aquel cuerpo acostumbrado
a resistir el desprecio que la vida
tiene hacia los vivos.
Resignados seres al duro caminar,
sumisos y entregados
al martirio de un precario subsistir.
Ni la pobreza ni el sufrimiento
impedían, de vez en cuando,
la alegría de alguna fiesta.
La noche clandestina
era alas para los sueños furtivos.
Pienso que aún sigue poderoso,
firme, presente, este árbol,
resistiendo al olvido.
Defiende con orgullo
el horizonte de un pasado
frente al enemigo presente
que surca el cielo con violencia,
ave de acero y rapiña,
que esparce su atroz bramido
sembrando de temblor el aire.
Luchan las centenarias raíces
contra el veneno oculto
bajo aquella tierra robada,
colinas falsas que son graneros
de bombas.
Como un eterno lienzo
este bodegón persiste
a tu muerte.
Quizá tu alma espantada
huya de este abandono,
sueñe con un vivir
que hoy yace,
y vagues ya libre entre su aroma.
Recorrerás pensativo,
haciéndote siempre preguntas
que tenían por respuesta el misterio.
Tal vez la muerte haya hecho caer
su velo y te volverás a sentar
a su sombra,
soñador perenne,
para forjar en mi este recuerdo.
Esa vieja tristeza
le dio la mano a mi conciencia
desde niña.
Transitaba entre las cosas cotidianas,
se alejaba y volvía a su antojo.
Sin previo aviso irrumpía
como una racha de aire turbio
que aprovechaba una puerta abierta,
una ventana, un pequeño hueco.
Llegaba clandestina
mientras la tarde silenciosa
me entregaba su cálido abrazo.
Horas líquidas y dulces,
entre trinos de aves,
en un jardín vedado para mis ojos.
Y la clara y limpia tierra
de mi ánimo
se cubría de limo
por ese río desbordado.
Aún mi alma lleva sus cicatrices
y, echada desnuda
sobre el lecho vespertino,
se le eriza la piel
cuando la siente llegar
y la viste su mortaja.
La conciencia de uno
La conciencia de uno
es una imagen diáfana,
piel tan sujeta a la carne
que es imposible separarla
sin desollar su forma.
Narciso no vio su reflejo,
veía su ego,
el sueño de belleza.
Los otros solo ven superficie,
tornasoles de escamas
que muestran desde lo que ocultan.
El movimiento interrumpe
luz y sombra,
aquello que parecía blanda dulzura
se vuelve espinas amargas.
El rostro que sonríe
se hace mueca de dolor.
Dos, tres variantes nos bastan
para pretender asirnos a la persona
y escalamos con falsos pies
la cima de esa montaña,
llena de hilera de árboles,
retamas y breñas.
Viendo, estamos ciegos.
No es engaño el paisaje,
sino el origen del que partimos.