Un momento... rebobinemos.
Volvamos al punto anterior
al error fatídico:
el ojo distraído, la mano ejecutora,
la trampa de satanás,
la razón de un cielo.
Destruyamos la avaricia del hombre,
la orden cruel,
la trampa aceptada,
la senda por donde caminamos
con los ojos ciegos.
Rompamos el contrato original,
el pecado de la inocencia,
desliguemos de la vida la muerte,
que nos llegue domesticada.
Borremos la causa primera
que desencadenó el desastre,
retrocedamos los pasos equivocados
hasta deshacer el nudo oscuro
que tragó la luz de nuestro día.
Fue quizá culpable la certera lengua
del camaleón donde cayó preso el insecto,
las fieras fauces que devoraron a la gacela
la frágil hierba mordida por el gusano.
Todos fuimos poniendo piedras
para levantar ese gran coloso.
No falla la matemática del universo,
detrás de su aparente caos
brota una armonía misteriosa.
El algoritmo perfecto,
el número positivo y negativo,
la ecuación con su inevitable valor
y su exacto resultado.
El todo cuadrado en un círculo,
círculos concéntricos e infinitos,
emergiendo, regresando a su punto.
La mosca que vuela y escapa,
la herida, con el ala rota,
la mosca estampada contra el cristal.
Horrible monstruo,
boca que muerde su cola.
¿Vas a temer al pie que ya trazó la huella?
El plano cumple su fin preciso,
no falla la hoja al caer
ni la hora al pasar por su segundo.
Ni suave aire ni fuerte viento
doblegan las alas de la libélula.
Nos guste o no, nuestros brazos ejecutan,
nuestras piernas obedecen,
tic tac, avanza pollo sin cabeza.
Una piedra y otra y otra y otras,
más piedras hacen
un ignorado camino hacia su propósito.
El ruego rechazado,
la oración atendida.
Suplicar lo que no está escrito
es soñar con la falsa melodía de la olas.
Esperar que el dedo amenazador
no señale a nuestro pecho,
se retire y marque a otra diana,
tal vez cadáveres al mar,
o sobre ajeno campo de combate.
Baje el pulgar para la desgracia anónima,
la alejada de nuestros ojos
sordos para sus gritos de dolor.
Sin biografías ni nombres,
la confusa mancha oscura
que no parezca sangre.
Qué gran error, qué gran absurdo
querer ser dios contra todos los dioses.
Un momento... rebobinemos.
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