Brotaba el agua por el caño

 Brotaba el agua por el caño
de la fuente.
El viento movía su melena
clara
y el aire esparcía su risa.

Hay un hueco que nunca se rellena

Hay un hueco que nunca se rellena,
está al fondo del cajón
de la mesilla de noche,
entre sujetadores y bragas.
Ese espacio se niega a ser invadido,
es un rincón sin nombre
sin adjudicación propia.
Podría llamarse vacío,
inquietud, esperanza.
Es el lugar de un sueño
y como nada encaja,
no admite intrusos.

Solo en el curso alto

 Solo en el curso alto
lleva el río aguas transparentes,
cascadas plateadas,
torbellinos de espuma.
Al final de su recorrido
arrastra barro y reposa
en su fondo oscuro
podredumbre.
Sus aguas opacas, densas,
pardas y terrosas
son melena castaña
que cae sobre su lecho.
No se escucha su rumor
de voces cantarinas,
el eco de sus gotas,
espejos llenos de luz diáfana.
Van tranquilas, a paso lento,
avanzan pendiente abajo,
perdiendo su dulzura.
Entregado, su cuerpo
se cubre de sal.

El pasado es tan grande

 El pasado es tan grande,
tan extenso su territorio
que mirado desde la distancia
parece un país diferente.
Has cruzado varias fronteras,
no se distingue del paisaje abandonado
tan solo detalles sueltos,
que vienen y van forjando un relato.
Algunos de esos detalles se cargan
a tu mochila como cachivaches,
igual que sus remiendos.
Son reliquias y cicatrices,
partes tan usadas que no se distingue dónde
acaba la verdad y empieza la mentira.
Ves por sorpresa al echar la vista atrás
otros contornos que ni recuerdas
haber recorrido
y te asombran por su belleza.
Otros prefieres dejarlos
allí perdidos en la lejanía.
Se juntaron tantos ayeres
que piensas que pocos serán
desde este punto.
Sigues el camino,
quizá aquel de un tiempo remoto
no seas tú.
Si pones tus pies sobre sus huellas,
seguro que no coinciden.
Eres otra persona,
algo habrá de aquella, seguro.
Estos detalles
que reconocen los mismos ojos
con brillo distinto.

Cuántas palabras deformadas

 Cuántas palabras deformadas
por llegar erradas a torpes oídos.
La voz repite un eco
que perdió la razón en la boca
del que la lanzó desde la cima.
La palabra es falsa grafía
de un eco hecho tacto.

Es una figura diluida

Es una figura diluida
en este líquido tiempo,
pizca de sal echada al río.
Claros destellos entre ramas
de un bosque imberbe,
lánguidas manos abrazan
las confusas señales
y en la garganta un grito
se traga y vomita rutina.
Abandona la razón cualquier causa,
la casa no espera visita
y se siente planta a la que nadie sube,
a ningún ático llega.
Quiere escapar, romper sus paredes,
cruzar la calle,
avanzar hacia el único territorio
este que dibuja con continuo desengaño.

Aún sabiendo que la muerte está

Aún sabiendo que la muerte está
recostada en el hombro,
no siente el cuerpo la urgencia
de la vida,
sino la calma del olvido de la búsqueda,
ceder el paso lento a la costumbre
de lo cotidiano
y abandonarse al recreo de la pereza.


No fueron los años de condena
la quiebra de la voluntad,
en las ramas siguen brotando hojas
verdes en primavera,
la corteza se eriza con el hielo
y por sus venas corre y su savia le nutre.
La muerte pudo ser
aliento para la vida,
pero a la vida ya no le importa.
Y. sin prestar razón al desatino,
crea con lo justo el relato de una alegoría.

Con qué prestada identidad

 Con qué prestada identidad
vive esta mariposa, a cuyas alas
los ignorantes dedos
quitaron sus polvos mágicos
para poder volar.
Sabe que pudo vivir tan distintas vidas,
ser diferentes sustancias,
nacer en cualquier territorio.
Esta es su vida,
este su ser,
esta su tierra.
Busca su flor en este pequeño jardín
cubierto de hierbajos
que nadie cuida.
Como estuvo herida durante largo tiempo
sus alas quedaron mustias
y ya apenas vuela, da saltos cortos
en breve espacio.
Acogida entre una maleza
de los tallos de una planta,
tiene su refugio y alimento,
sombra cuando el sol aprieta,
techo cuando llueve.
Es tan frágil su cuerpo,
tan insignificante su presencia,
que ni los depredadores la quieren disfrutar
entre sus fauces.
Sabe que pasan los días
porque ruedan las horas
entre luz y oscuridad,
frío y calor,
hojas secas en el suelo
y florecillas que brotan.
La claridad no le ofrece
mayor gozo que la noche.
Pasa sin dejar huella, la una y la otra.

No es que esta mariposa
esté impasible a los cotidianos
acontecimientos,
se acomoda y sueña.
Tuvo días tristes, dolorosos,
donde el miedo se instaló
tan fuerte en su pecho,
que temió por su fortaleza.
Se sintió sucumbir, meter la cabeza
bajo las alas,
pero algo divino tiraba de sus miembros,
no la dejaba que se rindiera.
En este transcurrir disfruta
de los detalles del paisaje
que le reconforta.
Vive, con la imagen
que la naturaleza dibujó en su figura,
reconocida en el reflejo de un charco
de agua.
Pudo ser cualquier otra cosa
haber tenido otra vida,
quizá maravillosa o trágica.
Este es su rincón y lo protege
como la más especial joya
en el cofre de su alma.

A brochazos blancos

 A brochazos blancos
sobre azul claro y luminoso
se viste hoy el cielo.
Entre los espacios corre
un aire frío, penetra y calma
los ardores recientes
y la piel busca mayor abrigo.
Llevan una inquietud las horas,
arrastrada con pesadez por el día.
Quizá sea la víspera de un programa
trazado en la agenda.
Se marcó la equis sobre una incertidumbre.
Desea poder romper la nota,
borrar lo pendiente
y rubricar tranquilo el símbolo de visto.
Paloma reposada de nuevo
en su refugio seguro.

Acaba de morir mi perro.

 Acaba de morir mi perro.
Se llamaba Puchi, había cumplido
hacia un par de meses los dieciséis años.
En estas últimas semanas
se fue deteriorando mucho,
se cansaba al caminar
parecía un caballito trotador.
Enfermó, le salió un tumor y después otro
y otro, incurables.
Pero era tan fuerte que no perdía
las ganas de comer
y, a pesar de estar ya casi ciego,
distinguía desde lejos un papel blanco.

Recuerdo cuando lo cogí por primera vez
en brazos, tan pequeñito,
con esa carita de bueno
que siempre ha tenido.
Lo elegí de toda la camada a él
porque sentí la nobleza
en su mirada.
Era desde pequeño tan nervioso,
tan voraz con escarbar la tierra,
arrancar las plantas
y secar las flores con su orín,
que tuvimos que cercar una parte
del patio: una zona para él
y otra protegida de su desenfreno.

Era un perro muy humano.
Creo que haberlo retirado
de su clan antes de la cuarentena
no le permitió aprender de sus congéneres
sus propios instintos.
Y, cuando llegó a la pubertad,
en su comportamiento sexual fue tan torpe,
que ante una hembra no supo cómo hacer,
sin poder llegar a culminar el acto.
Aunque sí que se agarraba a cojines
y a piernas de extraños.

Ha muerto en casa, tranquilo.
La muerte iba arañando cada aliento,
la sangre se congelaba en sus patas.
En unos estertores suaves sin violencia,
abrió la boca tomando el poco aire
que sus pulmones débiles le permitían.
Llevaba tres días sin probar agua,
ni comida y aún respondía
a nuestra llamada, a una caricia.
Como no podía ya andar,
lo bajábamos en una bolsa
para hacer sus necesidades.
Hasta anoche mismo
fue capaz de sostenerse un poco
en pie y caminar alrededor del parterre
de la plaza donde olisqueaba su territorio
y levantaba la pata.
Hacía tiempo que ya no podía.
Con dificultad se mantenía en cuclillas,
hasta que ni siquiera pudo hacer eso.

Hace apenas una hora que aún
estaba, aunque ya casi no estaba.
Puchi, pequeño Puchino,
corretea por otros campos,
sé feliz, escarba la tierra,
cómete todas las servilletas
que te apetezca,
olisquea todas las esquinas y troncos,
goza de amar y ser amado.
Mi querido Puchini, te recordaré siempre.
Te quiero, amigo.

Pronto pasan las nubes

 Pronto pasan las nubes,
no te sofoques por su negrura,
ni te confíes en su lecho
de esponjoso algodón.
Ayer, por el poniente, hicieron
apiñada bravura ,
descargaron toda su rabia,
desataron la fundida luz,
atravesaron los espacios sus afiladas lanzas,
centelleaban a ráfagas surcando el aire como aves
de mal agüero.
Desplegadas sus negras alas,
se batían los espadachines
en el fragor de la lucha.
Tras esa furia desbordada,
al llegar el sosiego,
dejó sobre la tierra la intensa fragancia,
fermento de pasión,
entregada la amante agua,
a su amada tierra
despliega sus aromáticos efluvios.
Sus pétalos encendidos por el sol
avivan las entrañas y la sangre
desecha la bilis negra por los canalones,
recorren sus arroyuelos turbios
hacia el abismo de las alcantarillas,
llevados lejos a purificarse de su aflicción.
Reclama la vida su derecho al gozo.
El paisaje de nuevo se ilumina.
Por cada resquicio del cuerpo
supuraba su amargura
y entra a raudales la luz del júbilo.
Cantemos por ahora, ¡aleluya!
Ayer nubes negras hundían
su peso sobre nuestras cabezas,
hoy ha sembrado el cielo
la blanda alfombra de espuma blanca.
Brotan ecos de risas,
arrullos de aves,
vuelos de palomas
y el alma, en paz, sin miedo ni tristeza
vuelve a su natural ser,
el amor.

Un día el ego se ausenta

 Un día el ego se ausenta,
deja el cuerpo con sensación de vacío.
Una cierta incomodidad
recorre nuestros miembros,
se mueve al ritmo de los relojes
por pura inercia, no por propia voluntad.
Todo el entorno se dibuja
con sus formas acostumbradas.
Nada de lo que hay
podrás decir que no lo reconoces,
sin embargo, eres un elemento ajeno
incluido en ese paisaje
sin identidad ni certezas.

Pierden los pilares este edificio
que con firmeza lo mantenían.
Fluía la vida por sus amplias y abiertas ventanas,
salía y entraba en busca de sueños y sol.
Un pez que ligero se mueve en el agua,
es ave de un perfecto cielo.
Haber sido uno más en el mundo,
parte de un todo y ahora no ser
nada, disuelta forma sobre un oscuro fondo.
¿Qué rostro se mira
cuando son extraños los ojos?
Hablan de una realidad que no entiende,
la boca repite un eco,
obedece la rueda y gira.
Los otros visten sonrisas,
traje que un día llevaron tus labios.
Comentan, hacen, se mueven
en un reconocido camino,
comprenden las señales
mientras el ausente se pregunta
qué sentido tiene.
Ha perdido la razón del símbolo,
ese actor que, tan metido en su papel,
creyó ser el personaje
de pronto, como quién despierta de un sueño,
se ve sobre una tarima,
diciendo palabras aprendidas de memoria,
intercambiadas con otros interlocutores.
Ha perdido el guion
de la obra y su cabeza
no entiende qué tipo de estupidez
relata, qué ridícula apariencia lleva,
quiénes son esos que escuchan y miran
sintiendo ser uno en esta historia.

Un día el ego se diluye, como nube
en el cielo
y claro se distingue su fondo.
Tanta claridad que su luz ciega.
En lugar de abrir los ojos,
estallar el corazón de alegría,
la mirada se turbia, se oscurece todo,
porque los cuentos no tienen sentido
cuando se pierde el argumento.
Quedan las palabras sueltas,
cada elemento,
cada personaje,
objetos del decorado,
son un absurdo, una figura inexistente
sin nombre, sin plano, sin valor.
Estando en un bosque, te sientes habitar
un desierto.
Cubres tu rostro con las manos,
lloras desconsolada al hallarte perdida
en un punto sin retorno.
Solo volver al espejismo ayuda a recobrar
esa locura sana de creerte ser alguien.

Tu mirada sin vida

 Tu mirada sin vida,
gélidas órbitas de cristal
negras y brillantes.
Mirada estática sin asombro,
perdida en el infinito
llena del vacío de eternidad.

Mi mirada en tu mirada,
separada distancia
entre vida y muerte.
No saldrá tu alma de la prisión
de tu cuerpo, nunca estuvo encadenada.
Quizá busque a la mía
y graviten fuera de los límites
de esta inmóvil ignorancia.

¿De qué modo se penetran
las almas que tienen diferentes moldes?
¿Acaso son sus arcillas texturas
que nunca se podrán mezclar?

Entender la muerte vestida
de máscara humana,
aquello que de ti permanece
en mí, sustancia impalpable.
Una parte me ofrecerá
el eco de su reclamo.

Se han unido todas las tristezas

 Se han unido todas las tristezas
y se hacen noche apretada y oscura.
Ni una estrella fugaz brilla en el cielo,
ni tan siquiera el halo entre nubes
de una incipiente luna.

Quiero arrancarme estas prendas

 Quiero arrancarme estas prendas,
desvestirme de estos harapos malolientes,
dejar desnuda la piel,
quitar la costra que el tiempo labró
con polvo y arena.
Quiero desprenderme de sus colores oscuros,
de su dura textura.

Se espera y no extraña el amanecer

 Se espera y no extraña el amanecer
el trazado recorrido del sol
hasta el ocaso.

Se espera y no extraña
hacer rito de la rutina.
Sin ser obligado repetimos un eco.

Se espera y no extraña
llegar a un acuerdo tácito
y confluyan partes del ser
en único espacio y tiempo.

Se espera y no extraña
que los días vayan de lunes a domingo,
los relojes den sus horas
y dividan sus esferas en cuartos.
Parezcan volar los mismos pájaros
por un mismo cielo.

Cuando la carne está herida

 Cuando la carne está herida
y el cuerpo cede al gélido beso  
del bisturí, el alma desaparece.
Vencida se postra sobre un tálamo de sacrificio
y todo duele, ojos, espalda, aliento,
la boca vacía de palabras,
los labios ribera en sequía,
seca está su garganta,
tierra arañada por dientes de acero.
¿Adónde marcha el alma
cuando la carne es frágil fortaleza
rodeada por un paisaje ajeno
de voces huecas?
Y luego todo es silencio.
Dibuja en la piel
su desagradable oruga
ese amasijo de vísceras retorcidas,
zurcido tejido al capricho de la aguja,

Los días pasan y tejen hojas en ese tallo
y las ramas se enderezan.
De nuevo el aire puro
recorre los nervios,
abre canales de savia.
Se ausentó el alma de aquel desierto,
regresa y se acomoda confiada,
olvidada la traición.
Ella, como el agua
que brota del manantial puro,
deja rodar un murmullo sutil,
se sumerge enigmática
en la intimidad de su estancia.
Acogida en su lecho,
se envuelve entre satinadas sábanas
y duerme plácida.

Anhela la paz cese la batalla

 Anhela la paz cese la batalla
de esta espera.
Celebre alcanzar la orilla
y repose el cuerpo
en el lecho blando
de su arena dorada.

Qué loca deformidad nos atrapa

 Qué loca deformidad nos atrapa
con el paso de los años.
Y llegamos a la vejez
que, no conforme en convertir
la tierra regada y fresca
en árido territorio
de apretados terrones secos,
se afana en dibujar un esperpento.
¿Por qué ocurre el suceso extraño
que se hace más gruesa la nariz,
más grandes las orejas,
mientras se encogen los ojos
y los labios finos aprietan
un limón que deja su sabor agrio?
Si la piel se vuelve vestido
cubierto de manchas,
la memoria es lienzo cada vez
más blanco y fino
por tantos lavados.
Queda el tejido al tacto,
por unas manos azuladas,
venas rotas como cristales,
nieve derretida por el sol de los días.

Qué artesano creó tan descabellado
artilugio, qué arquitecto levantó
esta casa frágil
ante el vendaval y las lluvias.
Desvencijados quedan los marcos,
cuelgan de las bisagras las ventanas,
entra el invierno por sus galerías,
brotan bultos por las paredes.
La losa del suelo,
por muy limpia que esté,
se cubre de un tono cetrino y opaco.
Enferman los pilares, se agujerean
y fácilmente se quiebran.
Todo el edificio se hace añicos,
acumula escombro por los rincones.
Su aspecto lustroso recién pintado
se vuelve triste abandono,
reflejo de un rostro que aprendió a mirarse
en las aguas de una irrealidad
y ahora se deshace entre sombras
por donde penetran intrusos rayos,
juegan con las chispas de las neuronas
a crear sueños fatuos.
Por qué a mejor conocimiento,
mayor torpeza.
Por qué cuánta menos voz,
más errores hay en nuestro texto.
Admiramos estos muros
de piedra de siglos
mientras esta endeble fortaleza,
llegada su ruina,
será olvido en la miradas de otros ojos.

Uso la palabra para jugar

 Uso la palabra para jugar,
para llorar y reír,
para gritar a los cuatro vientos
de mi habitación
y que sus ecos reboten sobre mi consciencia
en un intento loco
de reconocerse en su reflejo.

La vida me dio la palabra
y yo la expuse al auditorio
de mi morada interior.
Usé la palabra para hablar
a mi corazón y sus sentimientos
y al abstracto lenguaje del cerebro.
Puse discursos equivocados,
prestados de quién ignora
el manantial que recorre
las entrañas de su comarca.

Usaba la palabra en silencio,
la saboreaba en mi boca.
Entre mis labios dejaba escapar
un leve murmullo,
iba a la puerta de la calle
y volvía hacia adentro.
Uso la palabra, salvadora
de mis soledades.
Frente a miedos construí murallas
y un puente levadizo
que no siempre evitó el asalto.
Con dolores pequeños, medianos y grandes
usé distintos vocabularios
y nunca fue el grito más alto
que el clandestino gemido.
El agua fluye por el cauce
con su ronco rumor
como la voz recorre todo el cuerpo
y no solo desborda su caudal la ribera
sino holla hasta lo más hondo.

De sal fuimos creados,
la palabra es roca que la filtra
para brotar de su cuenca
pura y transparente,
pero arrastra limo y piedras,
arcilla modelada por el cuello
angosto de nuestra garganta.

Uso las palabras,
gotas dulces buscando
abrazar un océano.

¡Mira esa niña!

 ¡Mira esa niña! Apenas tendrá
tres o cuatro meses.
Está desnuda sobre una sábana de flores
que cubre una mesa de patio
adornado con macetas.
Sonríe a unos ojos que la miran
y ella también los mira.
Ojos inmensos como un océano de noche,
mofletes carnosos donde se esconde
el pedacito de carne de una nariz,
la boquita amplia,
las manitas sobre su vientre prominente
los brazos y piernas rollizos.
Es un bebé feliz, bien alimentado,
aún no se cebaron alimañas por sus piernas,
ni alcanzaron los territorios prohibidos
hasta aquella noche entre abril y mayo.
Casi cumplido el año y su rostro
se entristeció, en sus ojos el brillo febril,
sus mejillas ardientes rojas.
A la mañana siguiente la tragedia,
el derribo de una fortaleza frágil.
Y de ahí hacia adelante
por un camino complicado,
cubierto de piedras y grietas,
con un sol implacable,
sin alivio de sombra protectora.
Rozando los cardos aprendió a amarlos,
agarrada a su tallo espinoso
como caracoles.

* * *

La vida pasa y a veces,
parece transcurrir muy lenta,
hasta despertar por una alarma insistente
y entonces, todo va deprisa.
Tan deprisa que se cansa la voluntad,
ceden las fuerzas y ansía el reposo.
El cuerpo transformado en otro cuerpo,
amado y odiado, despreciado y compadecido.
Los ojos miran otros ojos
que no son aquellos,
la sonrisa es a regañadientes,
aunque fluye con alegría en horas punta,
como las campanas de la iglesia.
Es la vida, que pasa por un tiempo infinito.
Se oyen correr por callejones
unos pasos ligeros,
mientras despacio van estas agujas
de un reloj de frenéticas horas.
Un miedo disfrazado de angustia
atenaza los nervios,
lo deposita por rincones ocultos,
encarcela la confianza
y la hace presa sin barrotes.
Desde alguna colina descubre el paisaje recorrido,
a tramos se muestra y lo esconde la maleza.
Como una serpiente muda de piel,
se mimetiza con las entrañas de la tierra,
enredada entre sus tripas,
va haciendo nudos, apretado horizonte
imposible de desatar,
de discernir sus colores,
entre cielo y territorio telúrico.
La vida tiene cada día nuevas noches
con sus albas,
lluvias que alivian la sed,
aunque no llegan a limpiar un dolor
que se incrusta en las arterias.
Vientos se llevan penas aullando
por los resquicios.
Ilumina de vez en cuando un sol
el rostro que recuerda aquella inocente sonrisa.
Pronto viene una nube y la oscurece.
Frente al espejo se pregunta
qué restos quedan de aquel naufragio,
si las olas arrastraron, cuánto hubo.
Qué hay todavía entre lunares
de luna y agua sino sutiles destellos.
Una capa de sal cubre unos despedazados trozos,
no reconocen ya su forma
tal vez, descubra en la quebrada arcilla
una rendija de brillante celadón,
recuerdo de su verdadero color y esencia.

Hoy ha quedado barro seco

 Hoy ha quedado barro seco
a la orilla del río.
Sediento bebió el sol sus aguas.
Se han borrado los caminos
que brotaron con la fuente
y entre risas cándidas
aprendieron su rumor.
Crecieron sus púberes arroyos,
temblaban de gozo sus dedos
al rozar la piel de la tierra.
Ahora, aunque son cristales rotos sus gotas,
aun confían en llegar a un verde mar
y ser majestuosas olas con destellos de nácar.

Un deambular lento y aburrido

 Un deambular lento y aburrido
lleva la hormiga entre los pétalos
de una flor deshojada por el viento.
Arrancado polen por inquietas manos,
arañándola la muerte, se pone mustia.
Lento caminar y aburrido rumbo
lleva la hormiga ,
va en un zigzag torpe.
Olisquea, avanza a tientas
a la espera de llegar a la pulpa
con ansias de hambre.
Mientras, cava inocente
la tierra para llegar a la raíz
que nunca alcanza
porque nunca tuvo raíces
la flor de un jarrón.

No desvisto este cuerpo

 No desvisto este cuerpo
ni lo cubro con tejidos suaves y blandos,
dejo que el viento lo desnude,
recorra sueños de azoteas
donde el sol ribetee
ondas de destellos dorados.
Pero, ay, este sol hiere
con su fuego y su luz engaña.

Los días colgados de sus vestiduras,
golpeadas por vientos,
se mojan de lluvias y rocío.
A duras penas aguantan la noche,
empapados de polvo de estrellas,
de rayos de luna plateada.
Sujetos a un cordel,
van enganchados unos a otros.
Se dejó a la suerte su devenir.
Bañados con promesas de horizontes,
niegan y reconocen su reflejo en los turbios charcos.
Pasan por sus estaciones rutinas e imprevistos.
Todo es calendario fortuito.

Alimentan sus bocas vacías
moscas y pétalos.
En sus senderos hay repudio y olvido,
la razón lucha y cede,
cede y lucha.
Y gana la desidia.

Hueca vasija sin fondo

 Hueca vasija sin fondo
donde todo líquido cae
y se pierde.
Hasta el aire se funde
en la hoguera de su vacío,
se hace humo elevado hacia la nada.
Guarda la mirada la forma completa   
a pesar de las ausencias en sus contornos.
No retiene en cobijo la duda,
sino el desastre de la evidencia.
Ocupa un espacio inútil,
le cuelgan telarañas de sus brazos.
Es arcilla cubierta de grietas
y no lámpara de luz.
Absurda diametría de los
pedazos rotos.

Que se llene el aire de melodía

 Que se llene el aire de melodía,
que crucen las ondas los ecos
de este silencio,
que forje en la lejanía una plegaria
de trinos de pájaros,
que cabalguen sobre sus alas
los suspiros de tristeza,
la escarcha de los miedos,
el limo de las semillas del dolor.

Regresen en bandadas
con alegres cantos
celebrando la vida.

Hay días, a veces, horas

 Hay días, a veces, horas,
por donde corre un aroma rancio
a carne podrida.
Muestra el rostro cadavérico
este existir que, de normal,
se cubre con un velo de seda.
Hay una daga clavada en el pecho
que rasga las vísceras
y se recrea en remover su mango
dejando correr una espuma agria
por la comisura de la boca.
Hay atardeceres más oscuros
que la noche.
Perfuma de hedor la carne,
vierte silencio la garganta
y el nudo del miedo se aprieta
con firmeza.
Hay una tenue luz que asoma,
son rayos de una luna doncella.
Abre esta flor sus pétalos de terciopelo,
embaucada va la mirada
a caer en su belleza.
Ese nudo se desata,
se sosiega el corazón,
la razón se vuelve a engañar.

Este es un segundo tiempo

 Este es un segundo tiempo.
Ha pasado el sol por su órbita
y ha vuelto a pisar la misma senda.
Recuerdan los ojos su entrega virginal
a la luz del paisaje,
en el horizonte íntimo se recreaba la mirada.
La agenda recorre los mismos días
con otro cuerpo,
sosegada la pasión,
acostumbrada a sus contornos.
Convaleciente, cura la herida aún abierta,
aunque no sangra, cicatriza lentamente,
a puntadas cierra el deshecho cosido.
En el calendario los meses agitaron
semanas y cambió un sábado por un lunes,
el trueque marcaba la desventaja.

Este es un segundo tiempo.
En el cielo vuelan más palomas,
habitan en estas tejas y hacen sus nidos
sobre un jardín de ramilletes de flores blancas
donde las sombras llegan más tardías.
Ignoraba el rostro complaciente
la ventura del mañana,
el arrastre de las redes sobre
el lodo de un fondo.

Este es un segundo tiempo
y, a pesar de todo el dolor infringido
por la arista de su cristal,
la promesa resiste un rugir
oculto entre la maleza.
Confía el alma esté guardada la bestia
tras altas murallas.

Fuerte es la lánguida amapola

 Fuerte es la lánguida amapola,
casi flotan sus pétalos
sobre su largo tallo.
La mueve con violencia el viento
y su flor se agarra firme
al cáliz.
Mas, si la cortas queda su corola mustia,
se apaga su brillante rubí ,
pierde la tersura su piel,
parecen alas de una mariposa muerta.

Un día quise lanzar una botella

 Un día quise lanzar una botella
al mar
mostrando la radiografía
de mi cuerpo herido,
el dolor de mis huesos,
la calcamonía de mi alma,
triste en su soledad,
con la esperanza del náufrago
que suspira desde su isla
por divisar las velas altas y blancas
de un barco.

Como esta nube son los sueños

 Como esta nube son los sueños.
Nada sobre el lago del cielo un pato
y, en breves segundos, se deshace
diluida blancura en el azul.