El día está en calma,
solo las tiernas voces infantiles
compiten con el desagradable ruido
de una obra cercana.
Una alarma se activa al ponerse
la grúa en movimiento
y a lo lejos unos chalecos verdes fluorescentes.
Se mueven como hormigas
sobre unos levantados andamios.
En el jardín de una casa,
sobre las cuerdas de un tendal,
cuelgan como piel desprendida
de un cuerpo unas prendas
secándose al sol y al aire estático
de este atardecer.
Ya va cediendo su fuego
al rescoldo del ocaso,
y antes de que sople su brisa fría,
la mujer las recoge
y las lleva al calor del hogar,
recostadas sobre su brazo
como lánguidos miembros
de un cuerpo muerto.
En un parpadeo el sol
se ha cubierto por una nube,
irradia una luz brillante de cristal.
Aunque aún le queda un trecho de camino
para ceder su fuerza y dormir
sobre el lecho del oeste.
No volverá a lucirse más por hoy,
una maraña de nubes como olas
en este océano del cielo
mutila la promesa de su cálido abrazo.
Van de paseo dos ancianas
apoyadas en sus bastones.
Tambalean sus cuerpos
como un péndulo.
A ratos se paran, miran algo y comentan,
quizá para dar sosiego al corazón
o tomar un poco de aliento
para el paso siguiente.
Comienza a rodear las colinas
un anillo de niebla.
Ha prestado su verdura a las sombras
y asoman sus cimas
como cabezas que intentan
arrancar a la oscuridad algún rayo.
Más abajo, sobre la ladera,
casi a ras donde cortan el horizonte
los edificios altos,
se extiende un abanico de árboles
de un verde prístino
no empañado de negrura.
Las agujas del tiempo cuentan
sus segundos sin freno
mientras las hordas de las tinieblas
ciñen el día con el lazo de la muerte.
El día está en calma
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