Este barco que navega
por heladas aguas
está siempre en peligro.
Le cuesta poner en equilibrio proa y popa.
Golpean su casco trozos de iceberg
que abren agujeros y se cuelan
alternando ambos extremos.
Hay que correr de un lado a otro
a sacarlos con ahínco
antes de que ceda por el peso.
Encuentra la simetría pero la calma
dura poco
y apenas vinieron de popa,
ahora ataca por proa el enemigo.
Enormes pedazos de hielo como rocas
rompen el armazón y abren grietas atroces
y amenazan con hundirlo.
Qué breve es el descanso,
qué lucha constante por salvar la tripulación,
qué noches más largas y días sin respiro.
Este capitán ya sabe que más tarde
o temprano,
por cansancio, por sorpresa,
por inevitable desgracia,
este Titanic sucumbirá.
Es barquito de papel
frente a este coloso.
Qué hacer se pregunta explorando
el horizonte,
si es un combate perdido
con adversario tan poderoso.
Se niega a echar el ancla,
este témpano avanzaría y sin poder retroceder
sería blanco fácil.
Si continua la travesía acabará devorado
por sus grandes y afilados colmillos.
Buscará su flanco más débil,
vencerá sus defensas
atacará por su fondo oculto.
Pero este capitán no se rinde,
no abandonará nunca el barco,
guarda el secreto de la derrota
a sus grumetes,
debe seguir firme la confianza.
Con la mirada ardiente
pondrá todo su empeño
en seguir adelante.
Aunque el alma vaya en vilo,
la cabeza dude
y el corazón se desespere,
no doblegará la voluntad.
Bregar hasta la extenuación
contra este obstinado rival,
implorar al cielo ayuda,
mientras se enfrenta con valentía
a su fiereza
sin cederle la más mínima ventaja,
a pesar de aceptar su fragilidad.
¡Solo la muerte se imponga!
Baste un resquicio de fe
para poner la esperanza en el milagro.
Sísifo en el mar
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