Querido amigo


Querido amigo, no vienes
a preguntarme por tu juicio,
sino por el juicio que otro
hizo de tus actos.
Das a su censurado argumento
más crédito que al tuyo propio.
¿Quién mejor que tú
sabe de tus virtudes y vicios,
el por qué decidiste de ese modo?

No hay nada que empuje más
la dirección de nuestra voluntad
que el motor de sus razones.
Aunque parezca que el juicio ajeno
es más objetivo,
no deja de tener las mismas lindes,
ese complicado territorio
de las opiniones particulares.

Querido amigo,
en la decisión están implícitos
error y acierto,
mas el carácter que se obceca
en ser reincidente
se acostumbra más al arrepentimiento
que al diagnóstico,
y, obligado a la acción,
no le queda otra
que sacar conclusiones
una vez llevado a cabo el propósito.

Aprender que el mayor error
es la inclinación de nuestros vicios.

A veces es como


A veces es como si se hubiese
apagado la luz de la habitación
y en la oscuridad creyeras
que el mundo ha desaparecido.
Percibes algo cercano a ti,
pero es entonces
aún más grande
la negrura que te rodea.

A veces es como si el cielo
hubiera perdido su intenso azul
que los días nublados fueran continuos
y no rompieran en lluvia
las negras nubes,
aunque sólo fuera para limpiar
el aire que respiras.

A veces es como si existieras
en el mismo vacío
y caminaras por un espacio
extraño,
donde nada reconoces.
Casi inaudibles, te llegan las palabras
que sólo parecen ruidos.

A veces intuyes el fracaso
de tu contento,
pues sabes que la felicidad
es intentar hacer
un puzle donde siempre
faltan piezas.
Es una sed que no se sacia
si no dejas beber a otros
del mismo vaso.

A veces olvidas
que son necesarias las ilusiones,
creer alguna mentira,
como confiar que el sol siempre sale,
soñar que las cosas son posibles,
y que, para lo imposible,
están los milagros.

A veces es como si tuvieras
que aferrarte
a una fe ciega,
apretar con fuerza en tu pecho
la esperanza
y esperar
y esperar
y esperar,
con los ojos ávidos de horizonte
en busca
de alguna señal de promesa.

A veces sabes que es un privilegio
sentir en esta ceguera
el tacto y olor de alguien
que camina en el mismo laberinto.

A veces es como si
al despertar no supieras
si aún duermes y te hallaras
dentro de su mundo caótico
donde se hubieran roto
todas las normas
y convivieran sin respeto
lo adecuado y su contrario.

No hay dios en los sueños,
solamente demonios y monstruos
y, a veces, pocas veces,
una luz infinita llena ese oscuro
territorio,
nos inunda su fuente de amor
y sentimos la plenitud eterna.

Hay en el bosque


Hay en el bosque árboles recios,
de tronco firme y densa copa,
árboles vigorosos,
de madera noble,
hermosas columnas griegas.

Hay en el bosque árboles
enfermos con escuálidas ramas,
de hojas mustias y secas
que, rendidas, se suicidan
precipitándose sobre la tierra.

Hay árboles con deforme cuerpo,
desviados de su eje,
flácidos, sin resistencia.
El más leve embate del aire
amenaza tronchar su frágil tallo,
doblegarlo, tenderlo al suelo,
vencido, humillado, herido
de muerte.

Los hay pequeños,
de pecho ancho
y grueso tronco,
otros alargados, infinitos,
elevados hacia el cielo
en un mar de esmeralda.

Árboles perfectos
en sus formas,
líneas armoniosas,
medidas que responden
al canon de belleza.
Un ejemplar de libro,
el molde para los otros.

¡Ay, qué sublime placer
nos otorgan los floridos!
Esparcen sus agradables aromas
y tan maravilloso espectáculo
engrandece paisaje y espíritu
pues parece que estemos
en el verdadero paraíso
y, como tal, nos ofrecen
el manjar delicioso de su fruto.

Pero, de todos ellos,
hay unos que atraen
nuestra mirada,
dignos de respeto y admiración,
son aquellos que, sitiados
por un ejército enemigo,
controlan y dominan su comarca.
Quedan apartados, desprotegidos
expuestos a la intemperie,
exiliados.

A veces, prisioneros otros,
sin la luz del sol,
bajo la tétrica sombra
de sus carceleros.
Llevan sobre sus cortezas
las huellas del sufrimiento.
De valeroso carácter,
ante el desastre se crecen,
demuestran su gran fortaleza
y persisten en vivir
con inquebrantable empeño.
Frente a todos los peligros,
se superan y se enfrentan
a la adversidad,
entregados hasta el último aliento.
Fueron capaces de resistir los envites
de la fortuna
y, cuando volvían a levantar
con orgullo la cabeza
ante la vejación y desprecio,
la suerte alteraba de nuevo su calma,
la vil mano del hombre
venía a hacer de su desgracia,
leña.

Cuántos desgraciados
buscaron los tibios rayos de sol
y encontraron la fuente seca
por culpa de la avidez
de los más fuertes,
que se saciaban olvidando
la sed de sus semejantes.

Sucumbieron algunas
de sus ramas,
amputadas por salvar
lo fundamental del cuerpo,
inmoladas, a veces, en el filo
de la carretera.
Los monstruos mecánicos,
cercenaban algunos de sus brazos,
tullidos, luchaban por defender
su territorio al pie de combate
con convencida entereza.

Muchos pobres infelices
tuvieron una infancia difícil,
huérfanos, expuestos
a los más grandes perjuicios.
En lugar de ceder
a la vil degeneración,
mostraron mayor bondad.
Sacaron fuerzas de donde
apenas ya les quedaban.
Pudieron alcanzar edad madura
y gozar de una digna vejez.

Cuántos merecen nuestra compasión,
cuántos débiles necesitaron de muletas
o la dirección correcta de una guía,
para que no se perdieran por el sendero
de los vicios.

Hay árboles que parecen humanos,
bestias o ángeles,
árboles solitarios,
ermitaños que viven libres
sobre una colina,
entre hierba salvaje.
Otros, en cambio,
en campos de cultivos
del dorado trigo, surgen
igual que un encantamiento,
una revelación,
un milagro que da sombra.

Dios bendiga a aquellos
de camposanto y monasterio,
los místicos,
ascetas y oradores
de nuestras almas.
Hermosos árboles que bordean
la ribera de un río,
hojas de blanco envés,
que, con el viento,
dibujan destellos en el horizonte.

Árboles que nos protegen,
cierran un territorio,
refugio ante el enemigo.
Perdidos en su maraña,
hallamos en un claro
la cabaña que nos acoge.
Fue arboleda que ocultó
la cueva que nos retuvo
en la ignorancia
y de la que salimos
en busca de la verdad.

Hay bosques de árboles milenarios
que callan la memoria
de un ancestral pasado,
y otros que gritan
los horrores de nuestra historia.

Árboles con los que sentir
la íntima comunión con la vida.
Al abrazarlos,
nos penetra su savia,
el arraigo de un ignoto universo.

Amigos, queremos oír
vuestro respirar,
el arrullo de vuestras ramas.
Bramad vuestro particular oleaje.
Vuestros aullidos de jauría,
almas en pena,
gemidos en la noche,
son sólo reflejo de nuestros miedos,
pues sois cobijo de hadas,
hábitat de insectos y aves,
simios de nuestra herencia,
serpientes de nuestros pecados.
Cantos de querubines
y leyendas,
espíritus protectores
y maléficos.
Unidad que concentra la materia
viva e inerte.
Sois parte y todo,
intermediarios entre los seres
terrenales y divinos,
papiro de enamorados.

El crepitar de vuestro fuego
es música celestial,
embeleso de nuestras quimeras,
luz de conocimiento.
Son vuestras raíces,
arterias que recorren las entrañas
del mundo terreno
y vuestras ramas sueñan
con alcanzar la eternidad.

Árboles, vuestro manantial
está en las nubes
y a vuestros pies, plantados,
germinan las semillas de la vida
en constante transformación.

Un día fui

Un día fui niña,
con los ojos abiertos
y el alma pura.
Un día fui joven
que buscaba razones
para la vida.
Un día fui mujer
con algunas certezas
y muchas dudas.


El presente,
siempre breve,
caduco en sus horas,
guardará sus sorpresas,
en un tiempo que promete
cumplir su amenaza.
Un día,
descreída de las cosas,
volaron lejos algunos sueños
mientras otros hicieron nidos.

Quedó bajo llave
la fruta de la esperanza
que engaña el apetito
con la dulce promesa
de más tarde saciarlo.
Reconocer su justo sabor
es ciencia difícil.
Echar a volar esta ave
tiene su castigo.
Entre las manos aferrarla
con ansias de avaro
es error mayúsculo.
Propio de torpeza
es poner a su amparo
nuestro destino.
Entregarte con fe religiosa
es amor perverso.
Aborrecerla, un suicidio.

Un día renací
de un saber inocente
a una ignorancia sabia.

En este confuso estado

Luz, más luz.
Goethe

En este confuso estado,
ni sólido ni líquido,
pierdo la esencia.
¿Dónde estará el río
que alcance mi boca,
cubra el monte
de esta tierra
y repose en frondoso
valle?

Soy gota bajo un sol
ardiente,
su lengua de fuego
cruel
me evapora.


En mi agonía de muerte
suplico:
agua, más agua.

Nuestros miedos

Nace nuestra conciencia
al miedo,
rompe la ingenua mirada
del infante
desde muy temprano.
Lo despiertan pesadillas
con horribles monstruos
de una eternidad cósmica.
Pronto advierte el peligro,
siente el vértigo de la muerte,
es una proclama luminosa
en nuestras
noches de insomnio.


    * * *



Tras tu ventana, el reclamo
de su letrero fluorescente
no permite el descanso
en tu ánimo
y arrastra sus ruidosas cadenas
descalabrando tu orden,
dejando caer a la tierra tu cielo.
Entre sudores fríos se despierta
el cuerpo aterido
para un día no volver del sueño.

No es la muerte
tu gran enemigo,
aunque la certeza de su asalto
no es amenaza vana.
Sin ser mentira su intención,
te permite alguna tregua,
retazos de felicidad fugaz.
Ataca por sorpresa
aunque anuncie su visita.
Uno cree poder esquivarla
con la excusa de tener que ocuparse
de otros asuntos,
pero ella, al final, inoportuna
llamará a la puerta.
Ella es la gran dama
que todo el mundo
obedece y odia
y a la que algunos
suplican su consuelo.
Más tarde o temprano,
terminas por ceder
a su pertinaz propósito.

Nunca espera, no lo dudes.
El beneficio que te concede
es a su capricho,
la cita la pone ella,
hora y lugar.
No huyas, es la sombra
que te pisa los talones.
Tampoco pienses que te acercas,
va contigo de la mano.
Hacer tratos es absurdo.


* * *

Pero hay un temor más grande,
infinito y cercano,
aún más tenaz que la muerte.
Pasa desapercibido si le interesa,
o se vuelve encantador anfitrión.
Sin pretenderlo, acapara
la atención de todos.
En la pista de baile,
sabe llevar los pasos,
conoce muy bien la coreografía,
giros y saltos, volteretas y pausa.
Su porte es elegante,
su trato educado,
cuida los detalles al milímetro.
Si te dejas llevar,
sumergido en su abrazo
te hará volar por los espacios infinitos.
A veces, te permite la calma
para que saborees el instante,
mientras otras te atusa
con voraz urgencia
y sin freno te conduce
su impaciente anhelo
por una empinada pendiente.

No son éstas sus maneras
sino la opinión que le atribuyen
las malas lenguas de los hombres.
Molesta su tarareo impertinente,
su voz cansina y monótona,
el tamborilear de sus dedos
sobre nuestra mesa,
el crujir de sus zapatos.

Dicen muchos que es un tipo vanidoso,
que se vanagloria
de tenernos en su anzuelo,
que siempre nos recuerda
el pasado perdido.
Que no tiene respeto
a nada, ni a nadie
y nos roba el presente,
haciéndonos caer
en la ilusión de un falso futuro.
Nos llegan rumores
de que ostenta sus riquezas.
Es un prestidigitador
de poca monta,
con torpes trucos.
Nos tiene pendientes de un hilo
su continuo eco.
Es comensal que nunca paga,
seductor que alardea
de sus conquistas
y de ser el mejor amante.
El típico que después
de hacerte el amor
se duerme y, encima, ronca.


* * *

Todo esto son habladurías,
no le echemos la culpa
de nuestros pecados.
A pesar de estas calumnias,
él intenta ganarse nuestro amor.
No son traidores sus afectos
sólo quiere ser melodía
en nuestro caminar.
Por eso debe ser nuestro temor
no la muerte, sino el tiempo
ese que la humanidad dibuja
en su línea implacable.

Él estará presente
incluso cuando emprendamos
nuestro largo y último viaje,
no para decirnos
con el pañuelo adiós,
pues él será compañero silencioso
en este trayecto eterno.
Sin embargo, no ignorarle
debía ser nuestro mayor cuidado,
tenerle el respeto que se merece
más que a la muerte misma
y no porque sea vengativo.
Él es el que es,
no oculta con máscara
su rostro,
ni engaña con su sonrisa.
Mienten aquellos que piensan
ser sus labios de agujas.
Su verdad es cristal transparente
sin números, ni arena, ni sombra,
ni esfera de pendular constante.
Hay que saber mirar
en la profundidad de sus ojos.

Es error de nuestro propio engaño,
querer hacerle trampa
al que no sólo conoce
este juego de la vida
sino que creó sus reglas
y siempre saldrá ganador.
Su honestidad no tiene límites,
no hay razón para la desconfianza,
es un fiel amigo,
desea lo mejor para ti.
Mas debe ser escuchado,
que su deseo sea el tuyo
y veas el claro reflejo
de su estanque.
Recréate en el rumor de sus aguas,
mira atento su belleza,
siente su líquida superficie,
atiende a su palabra
de armonioso sonido,
que sincero te advierte.
Que no te pierda el temor,
danza al compás de sus segundos
y recorre bajo su tutela,
los paisajes por donde te lleve.
Entre tus manos cobíjalo,
sean ellas el refugio
que promete su regalo.

Lentos, pesados, agónicos

Lentos, pesados, agónicos

pasan los minutos

ante el aburrido párvulo.

Con torpe destreza

pelea con el tiempo

y juega al olvido de lo obligado.

Pero los años, implacables,

cargarán en su cuenta,

su descarado atrevimiento,

porque el tiempo nunca

perdona

y menos le dejará ileso

del pecado de su inocencia.