Dejar la voluntad y entregarse

Dejar la voluntad y entregarse
a los pasos del día
dirigidos por el sol
hacia un horizonte indefinido,
dibujado paisaje a pinceladas
por una mano oculta,
comprendido cuadro con el trazo último.

No es sucumbir ni conformarse,
rendir la voluntad no es perder
ninguna batalla,
sino darse a la vida.

Porque este cuerpo se hizo

Porque este cuerpo se hizo
con la materia del deseo,
nos sitúa en perpetuo malestar
cuando lo persigues,
cuando lo obtienes.
El deseo nos hace infelices
y nos alienta
a seguir buscando,
a caminar llevados por su guía.

El deseo y sus hermanas,
esperanza y voluntad,
forman el trío pérfido
que te atrapa en su abrazo
equívoco,
te quiere, te odia,
te salva, te hunde,
te miente o es la única verdad.

Vivir sin deseo es la muerte,
desear es sumergirnos
en un continuo desaliento.
La decepción es su punto y final,
a no ser, que transmute
el orden
y desees lo que obtienes,
no esperes más que lo dado,
sea lo recibido aceptable
para no morir mientras estamos vivos.

Cuántos vieron en el deseo
la traición para la paz del alma
pero le pusieron boca
para buscar su alimento.

Es nuestro destino ir de un lugar a otro
con la mirada puesta en su vacío,
sujetos a su silencio,
a un cuerpo sin cabeza,
a la aceptación humilde
de nuestra voluble sustancia.

Dejar de desear es para la materia inerte.
O tal vez, la montaña desee
ser valle y espera al viento
para que la diluya en polvo y arena
y, siendo valle frondoso,
tenga la recompensa de ser
de nuevo montaña
y hagan las lluvias crecer su bosque
de troncos y ramas elevadas hacia las alturas,
para estar otra vez
más cerca del cielo y casi rozarlo.

En el blanco perfume de la nada

En el blanco perfume de la nada
por donde nos aventuramos,
navega un hálito de mugre
que se adhiere al pavimento
después de una lluvia de azahares.

Entre las manos

Entre las manos llevo la vida.
De porcelana frágil,
la descuido y se fragmenta,
quedando los trozos
desperdigados por el suelo.
Recompongo su cuerpo tullido,
lleva en su superficie
las señales de la tragedia.

Olvido sus pecados
pero no perdono mis errores.

¡Vengan, vengan, vengan!

¡Vengan, vengan, vengan!
Llaman las campanas
de la iglesia a misa.

¡Vengan, vengan, vengan!
Con sus miserias y pecados,
a sentir el miedo del infierno,
a rogar el derecho al paraíso.

¡Vengan, vengan, vengan!
Con sus temores
y la vergüenza de la culpa.
Aquí os abraza un cristo
cubierto de oprobios e injurias,
sufriendo dolor humano
que es injusto padecer.

¡Vengan, vengan, vengan!
Tú eres la mano ejecutora,
la lanza que lo hiere,
la piedra que le golpea,
las espinas que se clavan
en sus dulces ojos.

¡Vengan, vengan, vengan!
Repican las campanas
y yo sonrío cómo espantan
a las palomas de los tejados.
Llenan el aire de algarabía,
alzan el vuelo mis miedos
y me hacen alcanzar la gloria.

Son de nuestros sentidos

Son de nuestros sentidos
los ojos los reyes.
Súbditos los demás
sucumben a su poder.
Ciegos marchamos
por muy abiertos
que llevemos los ojos
si no tocamos, olemos,
oímos o saboreamos
la realidad que nos rodea.
Es cierto que el mundo conocido
se basa en su primacía
y olvidamos aprender
a través de otras sensaciones.

Tocar los objetos,
sentir su dureza
o su blandura,
la suavidad o aspereza,
su calidez o frialdad.

Oler la tierra, el mar, el aire
que nos circunda
y que abraza a los cuerpos,
integran su esencia
más allá de la piel
falseada por perfumes,
muestran sus humores
de bondades o malicias.

¿Cuánta vida hay detrás
de un sabor,
cuánto perdido y no se encuentra
en el bocado que mordemos?
La lengua lame aquel recuerdo,
la boca intenta atrapar
su sutil presencia
y le hace salivar de gusto.

Más olvidado queda el oído,
porque las voces son ecos
que con el tiempo se diluyen
y es difícil extraer aquel timbre,
el tono, la nota precisa.
Ni siquiera su melodía
nos fluye en una completa partitura.
Sin embargo, qué avalancha
de emociones nos transmite
la música, llena de sensualidades,
compendio de todas las emociones.

Sienta el ser por sus aberturas
y con todos sus poros,
no otorguemos exclusiva razón
a los ojos, miran engañados
por un espejo traslúcido,
perturbado por contrastes,
llevados por juegos de colores,
marcados por los límites
de su impotencia.

Ciegos guiados por otros ciegos,
sordos, ignorantes, sin la intuitiva
razón de otras fuentes.
Despreciamos el agua que fluye
por no ser oída correr,
ni cogerla en nuestras manos
para llevarla a la boca
y sacie nuestra sed, refresque
y limpie la garganta
de tanto polvo.
Que ancle sus partículas etéreas
en nuestra pituitaria
y que brote el estallido
de placer.
Dejemos todas las ventanas abiertas,
que entre sin barreras
el paisaje en plenitud
y penetre profundamente  
nuestro templo.

¿Cómo vemos la nada?

¿Cómo vemos la nada?
Blancura sin medida,
expansiva claridad sin mácula.

¿Cómo vemos la ignorancia?
Negrura total sin resquicio
de un rayo, mirada ciega
caída a un profundo foso.

¿Cómo vemos la sabiduría?
Destellos de luz, la verdad
mostrada, ilusión de poder,
certeza en nuestros pasos.

¿Cómo vemos la duda?
Amarillento horizonte,
turbio espejismo,
aire polvoriento.

¿Cómo vemos el amor?
Rojo intenso, brillante rubí,
sangre de pasión,
vendaval que nos lleva al paraíso
o dulce claro cielo,
torrente puro de aguas cristalinas.

¿Cómo vemos la soledad?
La amada, verdor de un valle,
turquesas de un mar calmo.
La temida, blanco hielo,
habitáculo sin ventana
donde no entra el resplandor
de otros ojos ni la voz amiga.
 

El mercadillo

Hay en la plaza hileras de tenderetes
llenos de cosas antiguas,
cacharros de lata, hierro y cobre,
jarras, lecheras, tazas, cubiertos.
Abrecartas y cuchillos, miniaturas
de metal y plástico,
enciclopedias de escuelas
de pupitres con tinteros y tinta china.
Herramientas de hierro forjado,
objetos de latón ocre,
jarrones de cerámica,
cestos de esparto,
lebrillos de barro pulido,
navajas de caza,
hachas de labranza pequeñas,
pistolas de época,
mecheros zippo, canicas,
cajas de madera de costura,
latas oxidadas de membrillo y cacao,
maletas viejas de pobres,
carteras de piel oscurecida
por el uso,
pitilleras, tabaco de liar,
reliquias de un estanco.
Baratijas, juguetes,
tebeos, discos, libros y misales
manoseados con cubierta de tela.
Muebles de campo,
muebles de casas ricas,
muebles corrientes contemporáneos.
Muñecas y muñecos con ropas regionales,
recuerdos para turistas
y cochecitos de aluminio,
modelos de tiempos pretéritos.
Vírgenes y cristos,
niños Jesús de escayola
con sus mejillas sonrosadas,
crucifijos de madera,
católicos y bizantinos,
cuadros religiosos
de colores apagados por los años.

¡Cuántas maravillas viejas!
¡Cuánta gente mirando!
¡Y una boda! ¡Y los novios que salen
y les canta un coro rociero!
La pareja recién casada
baila ante el auditorio de familiares,
conocidos y extraños.
Unos admiran la escena,
otros ignoran el gozo ajeno.
La iglesia tiene sus portones
abiertos de par en par,
hay serpentinas de papelillos dorados
y plateados y mariposas blancas
que revolotean por el aire ardiente
de un sol vestido con su mejor gala
en el esplendor de su cenit.
Salieron disparados del cañón de cartón
pintando el aire con destellos
como fuegos artificiales.
Volaban por la plaza llevados por la brisa
y se dejaban caer por tejados y rincones,
sobre la piedra alta
y los adoquines del suelo.
Niñas vestidas con lazos llevan
en las manos pequeños cestos de mimbre
con bolsitas de tul blanco llenas de arroz
para tirar a los novios.
Trajes largos de vivos colores,
hombres con traje chaqueta y corbata,
todos de estreno.
Peinados de peluquería,
zapatos oscuros y brillantes, los hombres,
y las mujeres, a juego con el vestido,
de tacón muy alto.
Un coche negro de principio de siglo
los espera, con todo lujo engalanado.
¡Viva los novios, que vivan felices!
¡Que se besen, que se besen!
Compartida alegría y bullicio,
se contagia la ilusión del momento.

¡Qué nos gustan los mercadillos
y la festividad compartida!
Que fluya el jolgorio y después ,
cada uno a lo suyo,
algunos, a continuar la fiesta,
otros, de vuelta a sus silencios.
En la plaza están las mesas de los bares
a la espera de clientes para tomar el aperitivo,
de todas las edades, mujeres y hombres,
niños grandes y recién nacidos,
todos recrean la vista con la explosión
de vida, entregados al paisaje,
olvidando tristes territorios.

Pregonan algunos vendedores,
¡vengan, que ya recojo!
Zalameros, unos regatean,
otros, menos diestros en el asunto
o un poco hartos
de que mucho mirar y poca venta,
tienen el gesto seco.
Quizá, ya los ven venir,
los típicos que tocan y preguntan
pero nada compran
a la espera de encontrar la ganga.
Difícil lo tendrán, aunque nunca se sabe.
Mil ojos hay que tener
con los de ligera mano,
poca es la vigilancia
con tantos cachivaches.
No hay que confiarse,
la honradez no tiene rostro.

Poca esperanza tienen
los que pretenden satisfacer sus caprichos,
estos mercadillos se han vuelto
muy selectos,
más que para pobres,
son artículos de lujo
o para locos coleccionistas,
y alguna tontería que calle
al niño protestón.
Los precios son elevados,
porque lo obsoleto y añoso,
viejo y antiguo,
se ha convertido en deseable.
A veces, el fraude acecha,
el comprador quedará satisfecho
si en el trueque salió ganando.
Mal asunto es este encuentro popular
si no sacan ambos provecho,
mucho trabajo para servir
solo de distracción,
aunque el espectáculo no tiene precio.
El mundo hoy da valor
a lo que antes se despreciaba,
tiraban sin miramientos a la basura,
por roto o viejo.
Sin remordimientos ni escrúpulos,
pronto era reemplazado ,
atraídos por el lustre y sofisticada modernidad.
Ahora es muy demandado lo vintage.
La nostalgia no es nada barata,
el recuerdo tiene paladar exquisito.

De nuevo me llamas, pozo

 De nuevo me llamas, pozo,
por mi nombre:
––¡nube, nube, nube,
ven a mi oscuro fondo!
Deja caer alguna gota
sobre el cristal opaco
de mi superficie.
Dame la alegría
de tus dulces lágrimas.


Ay, pozo, se han vuelto saladas
y pesa un mar sobre mis párpados.
¿No ves que me ahogo
en este vacío?
¿Cómo puedo llenarte
si por el caño de mi boca solo sale
humo de un extinguido fuego?

––¿En este abandono me dejas,
al olvido de canciones
de corros de niños,
con el recuerdo horrible
de los lamentos en la agonía
de los ahogados?
Agua, ¿qué culpa tengo yo
de ser tan grande mi
oscuridad?
Me tragó la tierra
y busco la compañía de alguien.

Pozo, no me llames agua
que soy desierto.
Y si me entrego a tu fondo
no encontraremos manantial
que nos salve.

––Agua, ya pocos me conocen.
Olvidaron los campos
y las casas mi presencia,
el mundo me ignora,
me teme, me odia
por no brotar a sus deseos.
Todos poco a poco me abandonan,
¿qué ojo infantil se asoma
ya a mi anillo
para escuchar su eco?
¿Quién juega con mi frescura
y da de beber a las flores?
¿Y qué recompensa a mi silencio
que a todos escucha
y a nadie delata?
¿Quién viene a contarme sus penas
o a ver el reflejo de la luna?


Ay, pozo, no me llames,
no uses tus encantos.

––Agua, para no morir de sed
te necesito.
Hay tantos pozos secos,
olvidados, destruidos
y cubiertos de lodo,
llenos de soledad infinita.
¡Hagámonos compañía
como los pájaros
y alegrémonos con sus vuelos
contagiados de su alborozo!

Ay, pozo, si caigo dentro
ya no salgo.

––Te equivocas, agua mía,
deja que me llene de ti.
Verás cómo los dos nos salvamos,
mi sed y tu tormenta
harán un océano tan grande
que reflejará la luz
de un cielo estrellado.
Vendrán a dejar su dorado brillo
los futuros soles.
Y la luna, ¡cómo alegrará su rostro
en este hermoso espejo!
¡Ven!


¡Calla! No quiero oírte
me hechizas con tu negro
embrujo.
Solo quieres poseerme
para tu gozo.

––Ven, nube mía, echo de menos
el arrullo de tus gotas,
el cascabel de tu risa.
Quiero sentir el roce
de tu piel fina y de nácar,
besar tus labios sedosos.
Te necesito, sin ti muero.


Ay, pozo, me hundirás en tu foso.
Caeré en tu mortal abrazo,
y qué será entonces de mí,
harás mi tumba en tu lecho.
¿No ves que hay páramo en mi carne,
que ya no encuentro
ni fuente ni arroyos?
Apenas doy para un triste charco
sin renacuajos,
donde ya no hacen los críos
arcoíris con las cáscaras de naranjas.
También soy olvido y nada.
Tú me muestra oscuridad
aún más grande.

––Agua, agua ven, te lo ruego,
nube negra y preciosa.


Calla, no me hables.
Déjame que el viento me arrastre
a su deriva.

Aquella tarde crujían las palabras

Aquella tarde crujían las palabras
al tacto de tu lengua
y mis dientes mordían el aire,
mientras el tumulto opaco
en ardiente beso se entregaba
a la lasciva boca del miedo.

El miedo

Pero hay un temor más grande,
infinito y cercano,
aún más tenaz que la muerte.

Pasa desapercibido si le interesa,
o se vuelve encantador anfitrión,
sin pretenderlo, acapara
la atención de todos.
En la pista de baile,
sabe llevar los pasos,
conoce muy bien la coreografía,
giros y saltos, volteretas y pausa.
Su porte es elegante,
su trato educado,
cuida los detalles al milímetro.

Molesta su tarareo impertinente,
su voz cansina y monótona,
el tamborilear de sus dedos
sobre nuestra mesa,
el crujir de sus zapatos.

Dicen que es un tipo vanidoso
que se vanagloria
de tenernos en su anzuelo,
que siempre nos recuerda
el pasado perdido,
el tren que nunca vuelve.
Que no tiene respeto
a nada, ni a nadie
y nos roba el presente.
Nos llegan rumores
de que ostenta de sus riquezas,

En realidad,
es un prestidigitador de poca monta,
con torpes trucos.
Es comensal que nunca paga
Seductor que alardea
de ser el mejor amante,
el típico que después de hacerte el amor
se duerme y ronca.

Todo esto son habladurías,
no le echemos la culpa
de nuestros pecados,
a pesar de estas calumnias,
intenta ganarse nuestro amor.
Su intención es buena,
no son traidores sus afectos,
sólo quiere ser melodía
en nuestro caminar.

Él estará presente
incluso cuando emprendamos
nuestro largo y último viaje,
no para decirnos con el pañuelo adiós,
pues él será compañero silencioso
en este trayecto eterno.

Él es el que es,
no oculta con máscara su rostro,
ni engaña con su sonrisa.
Su verdad es cristal transparente,
sin números, ni arena, ni sombra,
ni esfera de pendular constante.
Un fiel amigo
que desea lo mejor para ti.
Debe ser escuchado,
que su deseo sea el tuyo
y veas el claro reflejo
de su estanque.
Recréate en el rumor de sus aguas,
mira atento su belleza,
siente su líquida superficie,
atiende a su palabra.
Cógelo entre tus manos,
sean ellas el refugio
que promete su regalo.
Pierde el temor,
danza al compás de sus segundos
y recorre bajo su tutela,
los paisajes por donde te lleve.

Frágil es lo que poseemos

Frágil es lo que poseemos
en nuestra conciencia.
Destruidos por fuerza mayor,
fuego o tempestades,
dejarán espacios en blanco,
mezclando certezas con invenciones.

Recordar tal vez
nuestra imagen en el espejo,
la desnudez que reservamos
solo para nosotros mismos,
retener las señales de lo amado,
aquello que nos configura,
cerrar ciertas heridas,
dejar las esenciales huellas
en nuestras carnes.
El alma tal vez retenga el ser
que la razón desordena
y olvida.

En algún lugar oculto,
cuando ni siquiera
sepamos ya quienes somos,
sus profundos ojos nos busquen
para devolvernos nuestro reflejo.

Si llegar a la verdad

Si llegar a la verdad
exige desprenderse
de los deseos mundanos,
¿por qué fue nuestra materia
creada con su fuego?

Si la palabra esperanza
envuelve la virtud
de la paciencia,
¿por qué se llenan nuestros días
con la sed de su martirio?

Si la esencia humana
se adorna de razón,
conciencia y actos,
¿por qué somos siervos
de un dios caprichoso?