Hablar con uno mismo es saber
que en ti está el otro.
Estableces un diálogo,
le preguntas y te responde,
pides comprensión y desahogo
y obtienes consuelo, censura, duda.
Tal vez, recibas algún consejo
de amigo, aunque la demasiada confianza
te moleste cuando te riña.
Hay respeto, no siempre
le permites ciertas contestaciones.
No aceptas un no por respuesta
y detestas sobre todo su silencio,
cuando en gritos lo llamas y no acude.
Te sientes entonces abandonado
y duramente con él te enfadas.
Hablar con uno mismo es nunca sentirse solo,
aunque estés ausente.
Hablar con uno mismo es hablar con dios,
entre ambos encontrar el bálsamo
de una verdad que no duela,
recibir el abrazo en el llanto,
la fuerza para agarrarte a su ancla
para no hundiros juntos.
Hablar con uno mismo es saber
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