El tiempo tiene su tiempo
la luz cegaba la vida, la piel contra piel,
el cielo –ay, el cielo–,
los pasos iniciados, sin prisa,
la mirada, la espera, la lucha
y el mundo desaparecía, solos tú y yo.
Ahora, sobrecargada las vísceras,
mueren lentamente los espacios
hacia el expectante recorrido de un futuro
que ilumina esos caminos farolas mustias y lánguidas
como pétalos de flores desfallecidos.
Virgen
Es difícil que hoy estrenen mis ojos lo nuevo,
pisar por primera vez un lugar
sin que su imagen no se haya dibujado
antes en la mente.
Diseñamos el presente con el mismo tejido
de las prendas que nos vestían en el pasado.
Nos gusta caminar las mismas carreteras
asfaltando los baches,
recorrer los paisajes con la misma mirada,
aquella que se acomodó a la lente
de la perversa costumbre.
Inauguremos a cada instante el mundo
con la sorpresa de lo desconocido,
con la palabra que aún no existe,
el sentir extraño, sin color ni sabor
ni registro, ausente.
Descubrir lo virginal de una nueva tierra
como el desnudo del cuerpo del otro.
El espejo
El espejo descubre mi rostro
y se sorprende de esos ojos
que le miran.
Cruzan por su cuerpo brillante
escamas de peces en un océano platino.
Invaden muecas de alas de aves nocturnas
la alcoba de sus sueños
de deseos prohibidos de mi memoria.
Son pesadillas de hormigas blancas
los puntos salpicados del dentífrico.
La noche se apaga tras este foco
y silencia esa boca que escupe
borbotones de espuma.
Calla también el espejo,
no me dirige la palabra ni me mira,
soy un intruso que irrumpe sin permiso,
ni hizo cola ante la mesa de esta fría sala
donde se extienden elementos de mi mundo
sobre su fondo insensible y ausente.
Aburridos funcionarios cumplen
rutinas de rígidos deberes,
rellenan documentos que no te eximen
del pago de una deuda con el tiempo.
Sella con tampones manchados de tinta
la estampa oficial sobre mi rostro.
De vuelta al lugar de la costumbre
Pasada la tempestad, dejó sembrados
los campos de estrellas centelleantes.
Doblegadas las plantas ante la fuerte lluvia,
ahora levantan orgullosas al cielo sus cabezas.
Vuelve la risa a los pétalos de las flores
como labios de amantes,
se saborea aromas de aire fresco y puro.
Pletórica renace la tierra prometida,
ajena a los gritos de los hombres.
Hay miedo en los ojos y dientes apretados,
rabia, angustia, dolor, inundando estos valles.
Son estos brillos efímeros puntos de luz
que en el mañana serán opaca negrura.
Regresará a su uniforme, planchado y limpio,
mientras levantan el polvo con sus ruedas
estos domados caballos,
relinchan sus gargantas roncas
y escupen hollín negro.
Cabalgan sobre el duro asfalto
soñando la libertad de las praderas.
Van hacia la dirección prevista,
sin desvíos, a la rutina de sus cuadras.
Paredes de algodón
Uno quiere protegerlos,
salvarles de cualquier abismo,
evitar sus caídas,
curar el dolor de sus fracasos.
Uno quiere beber sus lágrimas
y respirar sus desalientos,
librarlos de cuánto malo
les pueda acontecer por los caminos,
luchar contra los rivales
de la felicidad de sus días
y la paz de sus sueños.
Corregir con mis fallos sus escritos.
A estas alturas diviso mi impotencia,
conozco hoy mi endeble armadura.
Entregué al mundo sus alas
volar es su libertad sin garantía.
Si intuyo algún peligro, lo sufro
y acallo gritos de desasosiego.
Me aterran sus riesgos y errores.
Cumplida mi función, solo me resta
con el corazón en vilo
observar su vuelo desde la lejanía.
Heráclito
Volveré a beber de aquella fuente,
mas no de sus aguas cristalinas,
su sabor recogió la sal de la tierra
y tomó de grises nubes su tóxico alimento.
Volveré quizá a saciar mi sed,
al menos, confía mi carne.
Porque ella, que es esencia pura,
ella, que domina la tierra,
inunda sus continentes,
atraviesa sus entrañas,
muere y renace una y mil eternidades,
se arrastra por el suelo
o al cielo asciende como áureo ángel.
Ella, que fue madre antes que esta madrastra,
que nos subyuga y cubre nuestros muertos,
dará de beber al sediento en su árido peregrinar
con las manos llenas de su oasis.
Tan sólo habrá que esperar
a que se desate la tormenta
y vuelva el gorjeo del cristal de sus gotas
a inundar de verde los valles,
brote el jardín del edén
con su frescor sin sombra.
Aniversario
Volviste a la eternidad de donde viniste
y estos cuerpos que te añoran
envejecen sobre la tierra.
Nuestras retinas guardan
perfiles de tu rostro
y la memoria juega a capricho
entregando retazos con difusos detalles.
Tus huesos se hacen polvo en una tumba
a la que unas manos limpian
y llevan flores.
Este sueño es un relato
de cadáveres que velan fantasmas.
Somos pétalos marchitos
que el viento en su rumor
nos lleva con engaños.
Yacer en el lecho de la nada
es la vida
y esta, una efímera pausa.
Muerte
Muerte de siglos, muerte histórica,
muerte inmediata, muerte cotidiana,
muerte del otro, siempre el otro,
comentador de muertes ajenas,
lamento de muerto próximo.
Falsa lejana distancia entre vida y muerte,
mínima cuestión de cercana medida.
Un día seremos parte de esa estadística.
¡Vivamos pues! No hay más opción ante la muerte.
Muerte ilustre muy llorada,
muerte anónima indolora,
indiferente, muerte de nadie,
muerte itinerante de oca a oca y tiro porque me toca,
la que suma y sigue, añadiendo a la cuenta.
Aquella que multiplica dos por dos cuatro,
diez por cien mil, mil por mil un millón,
muerte que juega a la gallinita ciega,
corre que te pilla pero te encuentra allí
donde te escondas.
Aunque anduvo de la mano contigo
desde que vida fuiste,
nunca se presentó para ti en pasado
si hoy eres.
Aunque vigila tu futuro,
ataca siempre en presente.
Muertes en vida existen,
más muerte muerte, sólo una.
Santo Sanctorum,
ruego a dioses,
ave de mal agüero,
velas y oraciones,
entrega voluntaria,
muerte suicida,
lucha a muerte.
Soldado de la vida, tienes con ella perdido el combate,
no esperes que nunca saque la bandera blanca.
De nada sirve tu grito de guerra: ¡muerte, ríndete!
Porque ni muerta se rinde.
Qué fue de aquellos rostros
¿Qué fue de aquellos rostros
de nombres olvidados hoy?
Apenas quedan unos trazos,
una imagen, ciertas palabras,
el diagnóstico de un instante,
el pequeño ramillete de flores secas
que olvidamos en un jarrón
cubierto de polvo
en alguna estantería.
¿Hacia dónde les llevaron sus pasos,
qué relatos construyeron?
¿Vagan por el tiempo de los vivos
o hacen cola para entrar en la gloria?
Perdí la identidad de algunos,
que anónimos se mezclan
entre la muchedumbre.
Me mueve la curiosa duda,
cómo transformó el tiempo su materia.
cómo adornó con detalles sus contornos.
En mi memoria huidiza
respira el desconsuelo
de lo perdido en la nada,
de nuestras perecederas eternidades.
Vamos por el sendero de nuestra vida,
tomamos algún descanso
en un remanso de la vereda,
bebemos del mismo río,
compartimos comida,
sentimientos, sueños.
Volverán aquellos rostros,
quizá,
en algún recodo del recorrido,
a traernos su presencia
entre los desvíos y encrucijadas
que el destino nos depare.
Caminamos las horas de lo cotidiano
Caminamos las horas de lo cotidiano
que esconde basura bajo su alfombra.
La dejó un dios perezoso
que no cuida bien de su casa.
El fantasma del olvido
¿En qué me diluiré,
fantasma de mi memoria,
cuando vengas a robar
los objetos más valiosos
de mi morada?
Tengo puntos suspensivos en mi piel
Tengo puntos suspensivos en mi piel,
punto y coma en mis labios,
dos puntos que ordenan mi pensar.
Hago punto y seguido con mis pasos,
pongo coma al tiempo,
corchetes para proteger el rostro.
Ya no hablo con entrecomillado,
aunque me protejo entre paréntesis
y fijo el punto final cuando quiero.
Niña Leonor (corto poema para corta memoria)
Como el olmo viejo es la tumba
que te acoge, Leonor.
Al igual que su tronco,
un musgo amarillento cubre la lápida
de mármol blanquecino,
óxido por tantas añejas lluvias.
Una flor sobre el sepulcro
de mustia piel de plástico
marchita su semblante
quemada por el sol.
El aura de macilenta tristeza,
de abandono y olvido,
la entrega a la mugre del tiempo.
En un estrecho pasillo,
junto a un cadáver anónimo,
frente a los urinarios,
quedó allí la niña muerta,
amortajados sus níveos huesos
con traje negro de novia.
Caen las tristes horas
en estas bocas calladas
que gritan eternas soledades.
De la mano del poeta,
navega por nuestra memoria,
frágil e irreverente,
su corto relato de fechas exiguas
y arrinconados recuerdos
en una intimidad austera.
Condensa su vida el leve soplo
de un suspiro,
la llama tenue de una vela.