Qué fría esta carne de moradas venas

 Qué fría esta carne de moradas venas,
con cicatrices en el cuerpo y en el alma.
No abraza un cuerpo sin brazos
y besa unos labios por capricho,
con desdén dejó mordida la piel rosada.
Un miedo y un deseo en un desnudo pecho.

Enmudecen los recuerdos

 Enmudecen los recuerdos 
entre las altas dunas que levantó el viento.
Lentas, se desplazan por detrás de tu espalda,
te rozan la nuca.
Si te giras, la arena entrará en tus ojos
y las olas dejarán sus gotas saladas
sobre tus mejillas
y un rastro de sal tatuará tu piel
con filigranas de plata
el mapa de tu sagrado templo,  
la mágica geografía de la luna.

Un pie ordena al otro y van cansados.

 Un pie ordena al otro y van cansados.
Cuántas veces le grita: ¡para!
––No puedo ––le contesta la boca––.
De hacerlo, ¿quién moverá
este peso muerto?

Hay heridas que no dejan cicatrices

 Hay heridas que no dejan cicatrices
a la vista.
Cerraron por fuera y están 
en carne viva por dentro.
Aquellas carreteras sin líneas pintadas,
curvas rodeando campos de cultivo.
Los ojos no tienen limpiaparabrisas
para las lágrimas
y van sin meta esas ruedas.
Huir no requiere de un destino.

La mirada sigue el asfalto gris
brillante bajo el sol de la tarde.
El dolor va solitario sin consuelo
bajo el cobijo de metal,
mientras el eco de unas palabras
hacen resonancia en la culpa.
Palabras como agujas, dedo acusador,
¿qué pecado había cometido?
El aire se las llevó,
quizá sobre otras consciencias.
Los reproches arrastrados por el desagüe 
con el agua de la ducha diaria.

El depredador mordió la inocencia,
aprovechó la soledad de la víctima,
la torpeza de perderse 
y dejarse guiar por el cazador.

Cuántos han de morir

 Cuántos han de morir 
para crear una obra de arte,
cuántos cuerpos heridos,
cuántos brazos amoratados,
cuántos nadie para un gran nombre.

Hace días que no miro tu horizonte

 Hace días que no miro tu horizonte
ni me recreo en tu cielo.
La rutina inquieta seca las horas
como prendas al sol y al viento,
azote y lanzas ardientes
de este deambular sin sentido
al que ponemos orden.

Fibrosas nubes color púrpura

 Fibrosas nubes color púrpura
en un azul claro de atardecer.
Ay, las tardes sobre tus muros
que tanto añoran mis ojos.

Entre sueños viene a mí

Entre sueños viene a mí
una marea de voces infantiles
y el recuerdo de aquellas mañanas malvas
con juegos de luces
sobre el techo de la habitación.
Un nuevo día llegaba vestido
de colores y mudaba la piel
de la noche con el verde
esperanza.

Sobre la pista se retuercen

 Sobre la pista se retuercen
serpientes cristalinas,
amebas extendidas que se desplazan,
un cuadro abstracto de transparencias
donde inciden frágiles rayos 
de un sol oculto entre nubes 
que a ratos, se asoma.
Un río con sus meandros,
un laberinto sin salida ni entrada,
unidas manos, entrelazadas piernas.
La lluvia sembró este jardín,
sinuosos cuerpos de agua,
una danza de charcos,
espejos sobre una alfombra,
donde el cielo se mira y juega
haciendo figuras de gris y plata.

Cayó la noche como cae el alma

 Cayó la noche como cae el alma
al suelo.
Vendrá a recogerla el alba
con su pala llena de rayos.
Cayó la noche, así sin darnos cuenta,
como vendrá la muerte,
puntual a su cita.

¿Qué luz barrerá su pesada oscuridad?

En sus ronquidos el sueño divaga

 En sus ronquidos el sueño divaga
por los estrechos senderos
de una geometría anárquica.
La tarde silenciosa y su rumiar
es melodía desacompasada
sobre un tiempo sin números
ni agujas,
solo torcidas y blandas formas.
En un banco un hombre piensa
o tal vez sueña por espacios tangibles,
imágenes sujetas a una también frágil estructura.
Detrás de él pasea una autónoma máquina 
que corta la yerba salvaje del jardín
de la isla de una casa.
Pasa alguien por delante,
levanta y gira la cabeza
como si pasara la nada misma.
Se marcha. 
Al rato otro hombre se sienta en el mismo banco,
enciende un cigarrillo
protegiendo con una mano la cerilla. 
A sus pies dos perros fieles
dialogan con su mirada.
El banco ha quedado vacío,
la tarde opaca y dulce 
alimenta un ocaso sin hacer sombras.

Le han crecido margaritas

 Le han crecido margaritas
pequeñas islas amarillas,
en su jardín.
El viento azota la hierba
agitando el oleaje 
en ese mar verde.
Luchan las nubes
contra las sacudidas
de sus fieros brazos,
someten bajo su oscuro manto
los luminosos rayos del sol
que solo la noche vence.
Entonces, su jardín queda oculto.

Somos una línea continua

 Somos una línea continua
zigzagueante sobre el horizonte.
Una cuerda extendida sobre la tierra,
subiendo y bajando laderas, rodeando
una colina, cruzando un valle
navegando un río.
Desde la lejanía parece una raya 
sin espacios vacíos lo que son
puntos dispersos, saltos
en el aire,
pasos divididos.
Un bordado, tal vez, 
sobre un tejido de algodón y lino.
El dibujo parte del punteado patrón
y el tiempo lo teje.
No ve la aguja sino el siguiente pespunte.
A veces, alza el hilo,
y, desde arriba,
se recrea, corrige lo que puede y sigue.

Llueve, es una lluvia suave

 Llueve, es una lluvia suave.
Tras su diáfano visillo,
el paisaje se difumina.
Sobre su fondo contrastan 
los altos edificios
con sus llorosos cristales. 
Es lluvia amable, 
aunque no para la mujer 
que camina apresurada
por el sendero de piedra.
Es una sombra que avanza
bajo un paraguas,
lleva su bolso apretado al cuerpo
como un cachorro mojado
y desvalido.
El agua empapa sus pies,
las gotas saltan sobre los charcos
mientras ella traza una línea recta
en busca de su cobijo.
Nadie más transita por la calle
hay un silencio roto
por el golpear de la lluvia
en tenue musicalidad.
La vida se cubre con este velo traslúcido 
para entrar con respeto a su templo.

Materia líquida, brisa suave

 Materia líquida, brisa suave,
agradable compañía, visillo
que deja entrar la vida por la ventana.
Velo que insinúa un rostro
y nos seduce con su mirada serena.
También materia sólida, 
viento gélido,
abrumador silencio,
telón de esparto ,
muro de piedra,
visita incómoda, 
enemigo que se instala en casa.
Hormigas que te muerden los pies
y te lanzan a la calle 
con desesperada convicción.
Huir de sus fauces.

Hallar al otro al torcer la esquina,
ir tras la corriente de voces,
del griterío que empuja
y frena esa profunda voz 
que no miente,
verdad que estalla sin piedad 
al borde de la boca 
con los labios apretados 
en una sonrisa.
Cubre agujeros en esa tierra seca
con prestadas gotas de sueños,
un chaparrón de muchedumbre
para regar la abandonada alma.

Ay, esa soledad amorosa, dulce
como alas de ángeles,
placer de un dios 
en tardes cálidas.
Saborear sus manjares deliciosos
sin asedio ni premura.
Vuelo de ave por un generoso cielo,
arrullo de olas sobre la arena
dorada y suave.
Doncella cándida, bruja malvada,
calma sin dolor, enfermedad pertinaz.

Desatada de su clausura, regresa pletórica,
al quitarse las prendas festivas,
se pone el pijama de presa.
Trae en su cesta las frutas recolectadas.
Chirría la llave en la cerradura,
abre la puerta de su casa.
Le abofetea el denso silencio,
le envuelve una helada atmósfera.
Retumban sus pasos por el pasillo
como los ecos en una garganta.
Solo gimen los objetos 
que le reclaman por su ausencia.
Fue su partida un refugio,
península transformada 
en isla desierta.

Le acompaña su sombra,
un deformado reflejo ,
espejos cubiertos de vaho
por donde afloran manchas oscuras.
El tiempo disolvió su azogue
y por los ángulos escapa la clara imagen,
pierde su transparencia.
No es el adorado trono,
sino la pérfida reina
que lleva en su piel tatuada
su castigo.
Busca en su fondo la otra,
hundida entre un juego de luces,
entra traicionera y se adueña
de todos los espacios.
Muestra la amarga verdad
y se engaña moviendo esta noria,
desoye el latir de su corazón
con el crepitar del mundo.
Rellenar la agenda con reparto de deberes 
y hacer balance cada semana
inventando nuevas proezas 
contra las horas.
Ahoga y niega los desalientos
y, a pesar del esfuerzo
por suplir la genuina piedra
por perlas falsas,
al entrar al salón,
le espera sobre el sofá
la gravedad de su cuerpo.
Entonces, ¡se siente tan sola!

No trae palabras la mañana

 No trae palabras la mañana,
solo un eco de rutinas,
el ritmo lento de unas gotas
sobre el cristal de la ventana.
Está gris el día,
pero es una falsa máscara,
debajo se esboza
una sonrisa traviesa.
Levantan sus párpados las nubes,
muestran sus ojos cerúleos.
El intenso brillo de su mirada
atraviesa como lanzas los charcos.
Penetran las oscuras pupilas 
de los edificios,
son espejos sus ojos profundos.
Dibuja transparencias la luz
sobre los húmedos cuerpos,
enciende un fuego entre cenizas,
brasas que se enardecen y apaciguan,
se sofocan y de nuevo prenden.
Parecen morir y renacen.

Qué adornos más vulgares

 Qué adornos más vulgares
para este vestido,
de tejido endeble,
con costuras deshechas
y estampado deslucido
después de tantos lavados.
Colgado de la percha
por la noche,
puesto a la luz del día,
cada semana, cada mes,
cada cansada rutina
por un beso encontrado
en algún rincón perdido.
Qué sentido su esmero,
llevarlo encima por costumbre,
llenar las cuadrículas de sus bolsillos
con piedras y arena,
perdidas por un agujero,
enredadas entre marañas,
deshilachadas de sus roturas,
trozos de cáscaras y huesos,
apaños con la suerte,
al abrigo de un milagro,
acabar hecho polvo,
olvidada hebra en el viento.

Ves ese prado verde, su ondulada colina

 ¿Ves ese prado verde, su ondulada colina
salpicada de frondosos árboles?
Allí levantarías tu casa.
¿Ves esa bruma ligera que lo baña?
Pasa como un vuelo de ave.
¡Qué verde está la hierba 
y qué blanda su alfombra!
Firme está la tierra para levantar tu casa
y bajo este azul cielo
soñar con la eternidad de su paraíso.
¿Ves cómo se aleja de tu mirada?
Acepta la fatalidad, 
solo los ojos
pudieron disfrutar por breves segundos.
Quedó tras la curva su regalo.

Alta, grande y luminosa

 Alta, grande y luminosa 
pende la luna llena 
en este cielo oscuro.
Vergonzosa se oculta 
tras el biombo de esa montaña
y sale vestida de vaporosas nubes,
plumas que lleva pegadas al cuerpo.
Brilla la luna, oronda, mágica.
Coqueta juega al escondite con su amante.
Escapa por la diestra y aparece siniestra,
resplandece sobre este océano,
rodeado de islas de espuma
y espejos donde se recrea su belleza.

Luna, tú que sabes de los secretos,
susúrrame con un hilo de voz
alguna promesa para que confíe
mi alma inquieta.

 Allá a lo lejos,
en la densa oscuridad
de esta noche,
sobre la colina, 
hay una tenue luz
el recuadro iluminado 
parece una puerta abierta.
La salida en la negrura 
de esta noche fría de invierno.

Qué fuerza lleva este río

 Qué fuerza lleva este río,
arranca las ramas que besaban
su agua fresca
y ahora son olvido de este árbol
que ni añoranza siente
de una parte que fue suya.

En este ocaso se iluminan las ventanas

 En este ocaso se iluminan las ventanas
que ocultan clandestinas intimidades.
Se irá borrando su luz 
en el mapa de la noche
cuando la vida haga una tregua
y, vencido el cuerpo,
vuele libre el alma.
En ese fondo oscuro
son pardas todas las sombras,
la escurridiza bruma fría y húmeda
crea espejismos en los charcos
y una refulgente claridad se enciende
como llamas de un fuego
donde crepitan los desechos del día.

Todos los ríos se parecen

 Todos los ríos se parecen,
sus cascadas son cortinas de infinitas gotas,
su lengua dulce,
su voz melodiosa.
Es vida que nace
niño, joven, anciano.

Todos los ríos se parecen
pero distinto el mar
donde van a morir.

Cientos de días se han marchado

 Cientos de días se han marchado
sin dejar huellas ni poso 
en el vaso de la memoria.
Solo la marca de cal que deja el agua.
tiñendo su transparencia de cristal,
volviéndolo opaco.
Una esquirla rota,
un rasguño que rodea su contorno
son la única señal del tiempo y su uso.
Cientos de días que recorrieron
todos sus horarios,
las inclemencias del viento y el frío,
los rayos de muchos soles.
Olvidaron si los pies iban alegres
o cansados,
caminaban en línea recta
o transitaron callejones oscuros.
Brillaría la luna llena en un dulce cielo
de verano
y el cosmos palpitaba en la noche
con millones de estrellas.
Así fueron certezas hechas añicos,
sumando inviernos y otoños.
Uno da por seguro
que hubo primaveras que cubrieron
el verde prado de flores.
¿Fue así, o fue soñado?
Agua del mismo pozo
que beben todas las bocas.

Cientos de días han pasado
que ni retal quedó
en el cajón del sastre.
Rebusco entre sus sombras
algún detalle de su estampado,
el pequeño trozo de su tejido.
Tan solo dejó el rastro sobre
calendarios caducos,
fotos guardadas entre las hojas
de un álbum.

Va el caminante por la ribera del río

 Va el caminante por la ribera del río 
iluminado por farolas.
Le acompaña su sombra 
ella va por delante,
guiando sus pasos. 
Se acerca un tramo ceñido de noche
y su sombra va desapareciendo
mientras se adentra en aquella oscuridad profunda.
El caminante la busca y no la encuentra,
solo y perdido va el caminante
sin rastro de luz,
tragado por todas las sombras.

Pasaron los días

 Pasaron los días,
perdían parte de los objetos
y con ellos el espacio que ocupaban.
Vaciaba el aire de su calor,
de la luz que emanaban.
Pasaban las horas devorando
cada día y semana,
las pocas que componían el equipaje
para la ida.
Rodaban por las escaleras los minutos 
y los segundos se apretujaban
aún entre las sábanas, sobre el sofá,
dentro de los vasos de agua,
siempre dispuestos en la mesa
y en las toallas aún colgadas en la percha
del baño.
Cuando llegábamos a casa
después de una ausencia,
al abrir la puerta y entrar de lleno
entre los huecos,
cuánto abandono encontrábamos,
qué triste se volvía aquel refugio
donde sentíamos antaño su abrazo
entre las moradas paredes
frente a su sublime horizonte.
El corazón ya presentía la oscuridad
del laberinto del olvido 
por donde se perderían
a pesar de la obstinación
de sus imágenes:
seguir latiendo al fondo de tus ojos,
sembrando entre esos jirones de niebla
el germen de dolor de su recuerdo
la vida que se perpetua en un cadáver.