Cuando Dios creó el universo

 Cuando Dios creó el universo
no lo hizo para que alguien lo admirara.
En su soledad, la inquietud
se hacía insoportable
y sus dedos necesitaban inventar
un mundo para nada,
simplemente por hacer algo 
con las horas muertas.

La mujer de la mirada triste


Qué triste está, callada,
la mirada perdida.
Él, a su lado, ajeno,
en su mano un móvil
que lo distrae con una canción
de un tiempo pretérito.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Ella, ausente, en los labios 
una mueca imprecisa.
Deja reposar sus manos sobre la falda.
Callada, tan callada y triste.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


Por el sendero enlosado del río, 
huyen las lagartijas, 
ligeras como plumas llevadas por el viento.
Levantan sus cabecitas
para enfocar mejor su corto horizonte
y escapar de los pasos amenazantes.

...anoche, anoche soñé contigo,
soñaba que me besabas.
¡Qué cosa maravillosa!


En el olvido los rostros y los nombres,
anónimos que cruzan por delante
del banco donde descansan sus soledades,
simple aire que se mueve impasible
entre su vacío.
Danza de lagartijas, 
surgen de todas partes
estas ingrávidas bailarinas,
saltando al precipicio,
asidas a la hiedra del muro.
Algunas perdieron su cola de tul,
mutiladas como la sonrisa 
en aquellos labios,
difusa como su mirada.

Por la ribera del río 
la tarde se aleja,
lánguida igual que un deseo,
abandonado por las marañas
de un dolor afilado.
Entre estallidos de luz infinita
que las nubes ciñen 
a sus voluptuosos cuerpos,
el sol se deshace,
como las almas
a través de las sombras.

Barreré mis lágrimas caídas

 Barreré mis lágrimas caídas
sobre el suelo
como una pelusa más.
Basura que tal vez se transforme
en brasas de un fuego,
en ligera pluma danzando por el aire,
en gota de nube que caiga 
en el desierto de un mar de tristeza.

Es un cactus que crece en el pecho

 Es un cactus que crece en el pecho,
un gusano que roe el corazón ,
una larva que hace nido en las entrañas,
una bacteria hambrienta,
que devora la calma y la razón
y deja sus desechos sobre los pensamientos.

En la estancia el recuadro de la ventana

 En la estancia el recuadro de la ventana
delata en la oscuridad
la mínima expresión de luz
que traspasa las dos rendijas 
de una persiana bajada.
Alguien espera en el salón
a que este cuerpo se estire
entre las sábanas.
En el desvelo, ruidos de los vecinos
sobre su cabeza,
bajo sus pies.

No se cansa el padre

 No se cansa el padre
de columpiarla,
de subirla a la tirolina, 
de esperarla al final del tobogán,
de balancearla sobre el tronco de cuerda,
de darle vueltas en la rueda giratoria.
No se cansa el padre
y la niña ríe
y parlotea con la voz tierna
de las palabras recién estrenadas.

Me cruzo con la mujer de la mirada triste

 Me cruzo con la mujer de la mirada triste.
Siempre un paso atrás del hombre
que le acompaña.
Pasean por el lado del río
hasta el banco que hay frente
al tanatorio.
Allí se sientan,
ella ve pasar a la gente,
él se distrae con la mirada agachada.
De vez en cuando se dicen algo
y regresan a sus silencios.
La mujer de la mirada triste
lleva un paso cansado
y en su rostro un mueca impávida.
Sus labios cerrados,
qué grito contienen,
qué dolor lleva sobre su espalda.

Se ha oscurecido el mar

 Se ha oscurecido el mar.
Parece una plancha de asfalto,
frío, duro y brillante 
como luna de espejo
donde se reflejan los rostros
de los cuerpos ahogados.
Engañados por su transparencia,
no advirtieron el abismo del azogue.
Guarda una calma extraña
su mansa superficie,
en su oculto fondo 
se retuercen las olas prisioneras 
de contrarias corrientes.
Se ha vuelto amargo su sabor,
escupe a la orilla la sal 
convertida en granos de café, 
untado de acíbar su lecho,
y sus lenguas son ásperas.

Los amables cuadrados y círculos,
las formas de infinitos puntos,
líneas y curvas,
ondulaciones y espirales,
el zig zag de los caminos,
no tienen sentido sobre las aguas
de este océano transformado en estanque,
un recogido lago entre montañas,
tan áridas y grises como su frío líquido.
Y su profundidad fúnebre
está llena de cieno.

El cuerpo tiembla con tan solo
mirar su horizonte 
y saber que debe atravesarlo
olvidando los monstruos
que amenazan en su seno.
Los tentáculos de las algas
serán trampas que atarán
sus pies y sus manos. 
La boca abierta intentará buscar 
un soplo de aliento,
mientras su veneno se adhiere a la piel.
Encontrará miles de obstáculos
para dejarlo morir,
luchando.

El parque arde bajo este sol eufórico

 El parque arde bajo este sol eufórico 
de haber vencido 
la persistencia de las nubes
por arrebatarle el azul del cielo.
Brillan las metálicas cortezas 
de los coches sembrados 
como hileras de árboles 
de un bosque
y las hojas de sus cristales
son lanzas de un vigoroso fuego.
Van dos caminando por la senda del río
y parecen humo creando formas difusas.
Una chica joven se cobija bajo
la sombra del tobogán,
se hace un ovillo sobre su móvil
encadenados regazos
La embrionaria tarde guarda silencio
para dejar oír el piar de los pájaros imberbes.

Un gorrión erró la trayectoria
adentrándose por una ventana abierta.
Preso de pánico, agita sus alas,
busca la salida con desesperación,
va dando palos de ciego
hasta acertar y encontrar la boca
y escapar como palabra liberada
de la cárcel del pensamiento.
¡Qué respiro encontrar
de nuevo el aire
para su vuelo!

De todas estas sonrisas esbozadas

 De todas estas sonrisas esbozadas
en el escaparate de las bocas,
cuántas muestran la luz clandestina 
de sucios tugurios
–atrapado secreto entre dientes–,
la marcada curvatura en los labios 
de una fingida alegría,
aprendida frente al espejo
de los ajenos iris.

Hoy comienzo

 Hoy comienzo,
ahora comienzo.
Repetiré algunas cosas,
hábitos que se niegan a desprender.
Olvidaré mucho y tomaré
algo distinto.
Aun vestida con otras prendas,
diferentes tejidos, tal vez
veas cierta semejanza.
Es error de inexpertos ojos.

No son capas superpuestas,
son pétalos de nueva floración.
Nada se fija si no hay suelo,
ninguna planta crece si sus raíces
flotan sobre vacío.
Hasta el nenúfar bebe del lodo.
Es un destello volátil,
un beso del sol.
Sin embargo, un cuerpo es polen
que lleva el viento,
bebe de un río, mama de un trozo de tierra
y sin reposo continua su deriva
por desconocidos territorios.

No echamos ancla en el mar del ayer,
quedan ondas escapando al infinito.
No necesito datos que confirmen,
solo este mismo corazón que palpita
con otras células, con otra sangre
que riega recién nacidas flores 
del pensamiento sin residuos.

Quiero ser hoy, ahora, en este segundo,
sin un reflejo estático, forjado
sobre hierro o barro endurecido.

Los charcos ya no tienen renacuajos

 Los charcos ya no tienen renacuajos
y las cajas de cartón no ven crecer
gusanos de seda.
El sol ha secado la piel del agua
la ha convertido en cieno
por donde se arrastran medusas sin ojos.
Sobre la tarima, detrás de la mesa,
aguardan las latas vacías.
Saltaron las ranas al abismo del fondo
y olvidaron las mariposas nacer,
atrapadas entre hojas secas y podridas
por el abandono.

La centrifugadora está en marcha

 La centrifugadora está en marcha
aunque no escuches su ruido atronador.
El mundo se ha vuelto del revés,
muestra las larvas que ocultaba
bajo su corteza.
Gira con fuerza sin notar
que vas cabeza abajo.
Detrás del ojo de buey 
los colores se convierten 
en una masa oscura,
parece llover y su espuma blanca
acaricia el cristal que los atrapa.
Locos que giran sobre sus mismos pasos,
arrastrando los pies,
corriendo con las manos,
ciegos los ojos.