Para la pérdida

Estamos hechos para la pérdida,
perdemos días y creímos ganar tiempo
siguiendo el cebo del horizonte.
Perdemos ilusiones
que fueron nuestros sueños de niños.
Con los años hicimos de aquellos juegos, 
proyectos que también perdemos.

Perdemos poco a poco
la fe de la felicidad prometida
y buscamos en la súplica
la esperanza de un futuro.
Perdemos también las fuerzas
y nuestro cuerpo se engaña
en entregado contraataque
con tenaz sacrificio
de esfuerzos y cuidados.
Perdemos, porque nunca se gana.

Perdemos conocidos, seres queridos,
el pelo, la vista,
la memoria, el dormir y el soñar.
Perdemos la pasión,
y el fuego de sus inicios.
Perdemos las ganas de todo
y suplimos con enfermiza gula
excesos y defectos.
Perdemos la vida, sí,
ni siquiera la muerte se gana.

¡Si hasta un potente sol muere,
cómo no apagarse
esta llama endeble que es nuestro ser!

Está la palabra ausente

 Está la palabra ausente,
suspendida en el silencio.
Un aleteo en el aire
pone puntos suspensivos
al asombro.
A la plenitud del vacío
la verdad se vierte
y el hombre hace
un erróneo subrayado
que se desvanece en el tiempo.

Tras la frontera

Intuyes que más allá de la ventana
un horizonte se difumina.
Entre la bruma se distinguen
elementos que tu corazón anhela.
Sabes que existe un mundo
con prados verdes,
una pradera solitaria
y una casa protegida
por centenarios árboles.
Y tú, ligera ave,
presientes que allí
está tu nido.

Me busco en mis ojos

 Me busco en mis ojos.
Mis ojos en mis ojos 
se buscan.
Qué luces se apagaron
que han dejado este acuoso brillo
tras la lluvia
sobre un cristal sucio.

Tras las amplias vidrieras

 Tras las amplias vidrieras
se levantan altos edificios.
Sobre los tejados
compiten colinas verdes,
sombras en la noche
con centellitas temblorosas,
almas que palpitan  
en sus soledades.

Hay sueños que no son tus sueños

 Hay sueños que no son tus sueños,
son sueños de otras almas,
agitadas entre las tinieblas de la noche,
colgados sueños
de las babas de una luna llena.
Queda suspendida en el aire
esa nube de imágenes oníricas,
flota en la estancia abandonada
por otro cuerpo,
como polvo depositado 
sobre el cabecero de la cama,
adherido a las paredes,
arrinconado por espacios,
donde no llegó el viento.
Batallan aquellos sueños en territorio propio
y hacen prisionero al combatiente
que se adentró por sus senderos oscuros.  
Cae enredado entre sus cuerdas,
hundido al fondo de su pozo.
La oscuridad cómplice le abraza 
en su asfixiante atmósfera.
Son piratas de otros mundos
que asaltan la barca de este durmiente,
navegaban en un infinito océano 
zarandeado por su fuerte oleaje. 
Se apoderan del mando
y lleva al soñador a su deriva,
sumido en su delirio.
Alcanza la orilla del desvelo,
abrumado, sin norte ni sur,
hasta sentir la acaricia 
de las finas y cálidas arenas
de la playa de su monotonía.
Aún le cubre una capa seca de sal
que escuece en viejas heridas
hasta quitarse esa capa
disuelta en las aguas del río de las horas.
Desvanecida la bruma con los rayos del sol,
a ratos nos ciegan los destellos 
sobre las temblorosas gotas de rocío.

Aquel cuerpo frágil, desnudo, salta

 Aquel cuerpo frágil, desnudo, salta
de un brinco a la vida y sin saber
aún que es la soledad,
la soledad le ignora.
Y a aquel cuerpo que aprende 
sus sílabas,
nada le importa su significado,
se rodea de mundo 
de circular horizonte 
y él es su centro.
Aquel cuerpo ya ve la palabra completa,
su ortografía inamovible,
su contexto y su vacío universo.
Empieza a recibir invitados,
unos llegan y se quedan y
muchos, una vez compartieron 
entremeses en la fiesta,
marcharon poco a poco.
Y aquel cuerpo se tornó rígido
por unas partes y blando por otras
y su territorio fue quedando en abandono.
Aquel cuerpo con dificultad 
ya no distinguía de distancia
y esa fue su suerte.
Sí que notaba más frío,
como si la densidad que lo llenaba
se hiciera más débil, tan transparente
que medio ciego y con frío 
penetrando en sus huesos,
se llenaban de ausencias
los días como las hojas de un árbol.
A aquel cuerpo tan ufano, tan alegre,
que jugaba con los rayos del sol
y disputaba sus fingidas batallas
contra el viento,
ahora le aúllan a los oídos 
sus terroríficas amenazas.
Aquel cuerpo medio cubierto de harapos
ya conoce bien aquel nombre.
Su rotunda D final
es una orden y defiende
que nunca pretendió engaño,
fueron las flores,
los cantos, las risas de un paisaje,
la primavera.
Aquel cuerpo se viste de cáscaras
secas
para calentar el alma desnuda.
Ella abrazada al resto, esperaba su derrota,
ella supo siempre que al unirse
esas letras perdería la compañía 
de todas las demás.
Como ramas de un árbol de otoño
iría perdiendo todas las otras.

Sé que las sombras no siempre son grises

 Sé que las sombras no siempre son grises,
sino niebla que oculta lo que hay detrás,
quizá, un pájaro que vuela,
la verde colina,
el abrazo del sol,
el océano de un cielo.

Quieres volver a ver sus canalones

 Quieres volver a ver sus canalones
derrochando sobre las piedras
caudalosos ríos,
sus hilos de plata correr
cuesta abajo por la calle 
dejando su brillo de azogue 
sobre los adoquines.
Se hace el recuerdo tan amado
que olvidas en los huesos el frío
de los días de invierno.
No tiene remedio añorar 
perdida la razón del viaje
duele dejar el aposento caliente
donde hará escarcha el abandono.

Ahí sigue mi niña canturreando

 Ahí sigue mi niña canturreando,
protegida de parterres y naranjos,
rodeada de muros y recias piedras,
levantadas para gloria y oraciones.
El campanario silencioso
dejan al vuelo sus campanas
alas de palomas.

Caminan bajo la lluvia

 Caminan bajo la lluvia.
Es lluvia benévola pero cala,
traspasa las prendas, la piel, la carne 
y llega a los huesos.
Moja con dulzura y empuja los pasos
para abandonar la nube 
ceñida sobre sus cabezas.
Caminan juntos una mujer
y un hombre,
al fondo ruge el caudal del río.
Es noche húmeda y brumosa,
golpean las gotas la tierra
al compás de una melodía desconocida.
Caminan, caminan, caminan,
hasta encontrar cobijo.