Oscuro como un cielo cubierto de nubes

 Oscuro como un cielo cubierto de nubes,
oscuro como es la cromática paleta
de los errores,
oscuro como el árbol en la noche.
Oscura mi sombra, la del perro y el amo,
la del viejo y la del niño,
de la hormiga y el gigante
y la sombra de una sombra.

No tengo el tema, tengo la inquietud

 No tengo el tema, tengo la inquietud 
y las palabras no entienden
su difuminada estructura.
Reduzco, meto en el redil
este confuso rebaño
y hago recuento de negras y blancas.
Distingo la claridad de lo oscuro.

Este reflejo se vuelve turbio

 Este reflejo se vuelve turbio,
la voz de un repetido discurso,
palabras con distinto ritmo,
pasa de la melodía tibia
a la sinfonía dramática
con notas desafinadas.
Del nombre queda solo su sonido
irreconocible la sustancia que lo habita,
el envoltorio vacío con la forma
de lo que contuvo.
Y sin embargo, los ojos apenas recuerdan
la epifanía de su brillo,
se obstina la memoria 
con lo que nunca se olvida,
eco hueco del sólido verbo.
La ausencia del cuerpo por su sombra,
la angustia del corazón,
la huidiza imagen 
borran la huella de los sueños
y van los pies uno tras otro
llevados por el camino.
Sostiene entre las manos
la nada abandonada por los días,
los contornos difuminados
como deshilachado humo,
cenizas sueltas del tronco
que ardió en un fuego.

Volver donde fuimos infelices

 Volver donde fuimos infelices,
a la plaza desierta,
a la fuente dulce,
al deseado invierno ,
a las largas noches,
a la impertinencia de las horas,
a la silueta de los muros,
a la magia de su templo,
a la belleza santificada
y a las profanas deidades.
Volver donde fue el sueño
y su desvelo
porque esto es la vida,
volver siempre donde fuimos infelices
y a ratos dichosos.

En sus entrañas tejen mañanas

 En sus entrañas tejen mañanas,
guardan memoria y buscan
entre los olvidos del presente
sus ayeres para el ocaso.
Este árbol con su tronco
doblegado por el viento 
creció con agua y sol,
bañado de días, mojado por recuerdos, 
acompañado por su sombra.

Ni en las madrugadas descansa su tormento

 Ni en las madrugadas descansa su tormento. 
Su marea es un tenso hilo
que solo en la noche 
se afloja 
y queda suspendida la esperanza
unos segundos
para caer herida de muerte
al precipicio. 
En perpetuo desvelo está el alma,
navega frágil sobre este embravecido océano.
Breve fueron los instantes 
de silencio etéreo
y vuelve la espesa tormenta 
con su rugir de truenos.
Al alba se sueltan los locos
a su infierno cotidiano,
salen de sus lechos
los fantasmas insomnes
y dibujan frente al espejo 
la máscara
del personaje 
para salir a escena.

Eres secreto para mis ojos

 Eres secreto para mis ojos
y mi entender.
Me llegan palabras sueltas
de tu entelequia.
Difícil de hacer cifra, la perfecta fórmula.
Y sin embargo, algo de sus sonidos
acarician mi alma, 
la calman en sus delirios,
me abrazan en los miedos
y encuentro la pausa que separa,
la vocal que completa,
la grafía que crea y une,
la silueta armoniosa 
sobre el lienzo blanco, 
el papel vacío 
con ansias de la llave que abra
la tapa de ese cofre cerrado
y surja ante nuestra mirada
el resplandor de sus riquezas.

Igual que el ánimo

 Igual que el ánimo,
la tierra enflaquece,
se le pone el rostro apagado, 
triste y árida la sonrisa,
la mirada melancólica
la voz enmudecida,
la palabra agrietada,
la boca seca,
las manos abiertas y vacías.
Y el alma anhelante,
clama al cielo
bondad y compasión.
Y a ratos improvisa
un milagro.

Entre ese bosquecillo de pinos

 Entre ese bosquecillo de pinos
cantan los pájaros que no escucho.
Hacen nidos en sus copas
y en sus ramas se esconden y cobijan.
Hace frío en esta mañana 
y los álamos están desnudos,
se agrupan sobre la ribera del río
donde mueren sus ramas.
La tierra desierta de humana vida
bulle de seres insignificantes
en su trajín de rutinas y lucha
por el alimento.
A trozos, un grupo de casas de piedra
y tejados de barro cocido
se hace uno con el paisaje.
Siempre hay una torre con su campanario
marcando los hábitos
de sus habitantes
y su respiración.

Hoy vuelvo a encender el radiador

 Hoy vuelvo a encender el radiador
después de un largo verano.
Expande el polvo acumulado
de aquel hogar perdido para siempre.
Aspiro sus partículas como cenizas
de un amado cuerpo.
Aquello despreciado es hoy un dulce
recuerdo del ayer.
Los restos de la nave hundida
guardan aún más intensa su imagen 
flotando en mi corazón.
Es la magia etérea de las cosas.
Surcaron los cotidianos mares,
clandestino barco cargado de tesoros,
de algunos desengaños, 
y un dolor sin olvido.

En su forma de andar

 En su forma de andar,
lento, arrítmico con pausas,
se manifiestan sus años.
Con saña devoran sus pilares,
con cruel determinación
deterioran su estructura,
enfrían sus andamios hasta la punta de los dedos.

En su forma de andar,
acompasado, firme, sin cautelas,
se muestra el rostro de la juventud,
cándido sin sospecha,
casi ufano,
un pie va tras el otro ,
sin cansancio ni propósito.
El aire frío aviva la sangre
que recorre su cuerpo,
sigue sin norte, 
confiado.

No somos lo que se ve

 No somos lo que se ve
ni lo que decimos,
ni siquiera somos estos sentimientos
que adornan un perfil difuso
del corazón que murmura 
un latir constante.
Somos tierra embebida
de desasosiego y pesadumbre,
al capricho de un cielo,
semillas que trajo el aire
flores de primavera
que serán corrompidos pétalos
en un mañana cierto.
A ratos, el brillo, la magia,
el regalo, la ilusión que esparce
los primeros rayos del sol.
Son frágiles destellos 
sobre el verde manto de la esperanza
agonizantes por exceso de luz.

Qué fingimiento de gestos

 Qué fingimiento de gestos,
de miradas, de palabras,
qué guarda el cofre de este cuerpo
sintiente,
barullo y enredo de emociones.
Un nombre quizá, un dato erróneo,
un rostro frente al espejo 
empañado de vaho, de sombras
que ocultan, de reflejos que engañan.
No hay única verdad, soy otra
esta que está delante,
aquella que está detrás,
plural, ausente, falsa imagen,
desequilibrada balanza, 
desorientada brújula,
mapa incompleto sin isla
ni tesoro.

Toco con mis dedos

 Toco con mis dedos
que todo está en orden.
Veo claras las palabras del libro,
aunque sigue abriendo,
a cada instante,
sus capítulos.

Hoy ha entrado el mundo

 Hoy ha entrado el mundo 
entre brumas
que ocultaban las cabezas de las colinas
y rozaban las lomas.
Solo lo cercano existía,
los húmedos edificios,
la yerba fresca y verde
que imponía su color intenso
entre tanto gris apagado.
Arriba, muy alto, más allá
de este cielo nublado y triste,
sigue un sol su ley,
ser luz para esta vida.
Hoy el mundo va saliendo
a escena, sin ímpetu,
disimulando, abre telones
dibuja nuevos fondos.
Aquí, al alcance de la mano,
mi mundo se despereza
y confía.

Igual que esa gente en la vieja fotografía

 Igual que esa gente en la vieja fotografía
cuyo blanco y gris el tiempo disuelve
en brumas y olvido,
así, quedaremos nosotros
que vamos por estas calles
abrigados por la vida.
Un día, no muy remoto,
borraran estos colores 
la noche última.

No son estas sombras sinceras

 No son estas sombras sinceras,
alegres, acogedoras, transparentes
sino traicioneras, oscuras, 
engañosas, clandestinas sombras.

Las tardes de invierno caen encima

 Las tardes de invierno caen encima
sin darte cuenta.
Las agujas del sol tejen pronto 
un jersey de sombras.
A lado brillaba el sol 
todavía lleno de promesas
y al volver la mirada
el día se hizo noche.
La esperanza del soplo de sus instantes
dejó en la caja de Pandora
el triste y exiguo deambular
de minutos,
los pies sobre la alfombra flácida
de la ilusión.
¡Qué largo parecía el trayecto 
al abrir los ojos en la mañana!
Mientras se hacía el camino
alto quedaba el sol sobre la loma,
un paso tras otro, un tropiezo,
un descanso, un olvido y un presente.
La entregada hormiga a su ley
esquivó la muerte bajo el zapato. 
Sin aplausos cayó el telón
pesado como un vacío
que borraba los colores del paisaje
y ofrecía las frágiles luces 
para sueños imposibles.

Medir las palabras con la lengua

 Medir las palabras con la lengua,
cortar el largo con los dientes,
hacer con los labios un traje,
ni muy corto ni muy estrecho
con el escote alto que cubra el corazón 
y deje al aire solo la forma de su contorno.
Guardar en la garganta un retal
para un añadido, un roto, un parche,
quizá poner un bolsillo donde guardar
en secreto 
el amuleto de la suerte.
Un pañuelo por si hace frío
y secar la lluvia de la tristeza.

Aligerando pasos

 Aligerando pasos,
recorriendo arroyos,
cruzando valles,
subiendo cimas.
Saltar de punta a punta,
enganchada a una nube,
mientras haya luz de un sol
y un cielo con luna llena.

Cuánto más me alejo de tu muerte

 Cuánto más me alejo de tu muerte,
más me acerco a la mía.
Arañas del tiempo tejen mimbres 
en las tardes taciturnas.
Sobre el abatido oleaje de los labios
se presiente el crepúsculo,
la mueca rígida,
el abismo en la mirada,
en la sienes nubes púrpuras.
Viene en este otoño 
un río cargado de limo y ramas vencidas 
por el viento,
por el cansancio, 
por la vida.

Siempre pienso en ti

 Siempre pienso en ti
desde el brillo de tu espejo,
con la mirada iluminada de amaneceres.
Siempre pienso en ti
desde la nostálgica alegría
de un desnudo y húmedo cuerpo 
mecido por suaves olas.
Siempre pienso en ti
como si fuera un barco
llevado por la brisa,
como un pez que salta
a la superficie para tomar aire,
como suspendida gaviota
de un hilo atado a una nube.
Siempre pienso en ti
hundidos los pies en la orilla,
hechizada por el reflejo en tu mar 
del cielo azul.
Siempre pienso en ti
desde la barandilla del ayer, 
bellas sombras descubiertas al trasluz 
de un recién nacido sol.
Siempre pienso en ti
desde lo más profundo,
con fulgor inocente
y memorizado gesto,
con la cálida caricia
y el tierno abrazo
con la piel vidriada de sal
y envuelta en tu espuma.

Para la pérdida

Estamos hechos para la pérdida,
perdemos días y creímos ganar tiempo
siguiendo el cebo del horizonte.
Perdemos ilusiones
que fueron nuestros sueños de niños.
Con los años hicimos de aquellos juegos, 
proyectos que también perdemos.

Perdemos poco a poco
la fe de la felicidad prometida
y buscamos en la súplica
la esperanza de un futuro.
Perdemos también las fuerzas
y nuestro cuerpo se engaña
en entregado contraataque
con tenaz sacrificio
de esfuerzos y cuidados.
Perdemos, porque nunca se gana.

Perdemos conocidos, seres queridos,
el pelo, la vista,
la memoria, el dormir y el soñar.
Perdemos la pasión,
y el fuego de sus inicios.
Perdemos las ganas de todo
y suplimos con enfermiza gula
excesos y defectos.
Perdemos la vida, sí,
ni siquiera la muerte se gana.

¡Si hasta un potente sol muere,
cómo no apagarse
esta llama endeble que es nuestro ser!

Recordarán las calles mis pasos

 ¿Recordarán las calles mis pasos,
aquellos que el pasado retuvo?
Los mismos lugares
y mis pies tan distintos
Pisaban mis cortos años
la acera, rozándola
como brisa suave
que acaricia la superficie
del mar
y la ondea con volantes blancos
de vestido de niña.
Aquellos ojos vieron
esto que ahora ven y se recrean.

Qué honda es la tristeza

 Qué honda es la tristeza
no deja ver el cielo
desde su negro fondo
donde todo es oscuridad.
Quedan en su pozo atrapados 
los ecos de su lamento,
única compañía en su claustro.

Difícil es mantener el equilibrio

 Difícil es mantener el equilibrio
en esta balanza
entre el peso del agradecido regalo
y el peso del desagravio de lo perdido.
Este es reparto sin promesa 
de un convenio donde no tenemos
certezas en el resultado,
pues tanto ganes o pierdas,
ni uno lo mereces,
ni lo otro te lo quitan.
Son supuestos nuestros
castigos o premios.
Así que por más empeño
que pongamos en la ganancia 
el fiel se inclina por la suerte.
La razón que tenga la vida
la guarda bien en secreto,
su paradigma se basa 
en vacías hipótesis,
simples sospechas, intuiciones,
mucha ignorancia y soberbia.

Está la palabra ausente

 Está la palabra ausente,
suspendida en el silencio.
Un aleteo en el aire
pone puntos suspensivos
al asombro.
A la plenitud del vacío
la verdad se vierte
y el hombre hace
un erróneo subrayado
que se desvanece en el tiempo.

Tras la frontera

Intuyes que más allá de la ventana
un horizonte se difumina.
Entre la bruma se distinguen
elementos que tu corazón anhela.
Sabes que existe un mundo
con prados verdes,
una pradera solitaria
y una casa protegida
por centenarios árboles.
Y tú, ligera ave,
presientes que allí
está tu nido.