Para la pérdida

Estamos hechos para la pérdida,
perdemos días y creímos ganar tiempo
siguiendo el cebo del horizonte.
Perdemos ilusiones
que fueron nuestros sueños de niños.
Con los años hicimos de aquellos juegos, 
proyectos que también perdemos.

Perdemos poco a poco
la fe de la felicidad prometida
y buscamos en la súplica
la esperanza de un futuro.
Perdemos también las fuerzas
y nuestro cuerpo se engaña
en entregado contraataque
con tenaz sacrificio
de esfuerzos y cuidados.
Perdemos, porque nunca se gana.

Perdemos conocidos, seres queridos,
el pelo, la vista,
la memoria, el dormir y el soñar.
Perdemos la pasión,
y el fuego de sus inicios.
Perdemos las ganas de todo
y suplimos con enfermiza gula
excesos y defectos.
Perdemos la vida, sí,
ni siquiera la muerte se gana.

¡Si hasta un potente sol muere,
cómo no apagarse
esta llama endeble que es nuestro ser!

Está la palabra ausente

 Está la palabra ausente,
suspendida en el silencio.
Un aleteo en el aire
pone puntos suspensivos
al asombro.
A la plenitud del vacío
la verdad se vierte
y el hombre hace
un erróneo subrayado
que se desvanece en el tiempo.

Tras la frontera

Intuyes que más allá de la ventana
un horizonte se difumina.
Entre la bruma se distinguen
elementos que tu corazón anhela.
Sabes que existe un mundo
con prados verdes,
una pradera solitaria
y una casa protegida
por centenarios árboles.
Y tú, ligera ave,
presientes que allí
está tu nido.